El alma no es una forja (fragmento)

Por lo que a mí respectaba, yo empecé a tener pesadillas sobre la realidad de la vida adulta tal vez ya a los siete años. Ya por en­tonces sabía que los sueños tenían que ver con la vida y el tra­bajo de mi padre y con el aspecto que tenía cuando volvía a casa del trabajo al final de la jornada. Siempre llegaba entre las 5.42 y las 5.45 y normalmente yo era el primero en verlo entrar por la puerta delantera. Lo que ocurría seguía una rutina casi coreo­gráfica. Entraba ya girándose a fin de empujar la puerta para ce­rrarla detrás de sí. Se quitaba el sombrero y el abrigo y colgaba la chaqueta en el armario del vestíbulo. Se aflojaba la corbata enganchándola con dos dedos, le quitaba la goma elástica verde al Dispatch, entraba en la sala de estar, saludaba a mi hermano y se sentaba con el periódico a esperar a que mi madre le trajera un combinado. Las pesadillas siempre empezaban con una panorá­mica de una serie de hombres sentados frente a escritorios en hileras dentro de un pasillo o una sala enorme y muy luminosa. Los escritorios estaban meticulosamente organizados en hileras y columnas igual que los pupitres de un aula de la escuela R. B. Hayes, pero aquellos escritorios se parecían más a las mesas grandes de metal gris que los profesores tenían al frente de las aulas, y había muchas, muchas más, tal vez cien o más, todas ocu­padas por hombres con traje y corbata. Si había ventanas, no re­cuerdo haberlas visto. Algunos hombres eran mayores que otros, pero aun así eran obviamente adultos: gente que iba en coche, que solicitaba cobertura sanitaria y que bebía combinados mien­tras leía el periódico antes de la cena. La sala de la pesadilla era por lo menos del tamaño de un campo de fútbol o de flag football; en ella reinaba un silencio total y tenía un reloj de gran tamaño en cada pared. También era muy luminosa. En el vestí­bulo, cuando se giraba después de cerrar la puerta mientras le­vantaba la mano izquierda para quitarse el sombrero, la mirada de mi padre parecía apagada y muerta, vacía de todo lo que aso­ciábamos con su verdadera personalidad. Era un hombre ama­ble, decente y de aspecto ordinario. Tenía una voz grave pero no retumbante. Hablaba en tono suave y tenía un sentido del humor que evitaba que su introversión natural pareciera remo­ta o arrogante. Incluso cuando mi hermano y yo éramos pe­queños, nos dábamos cuenta de que pasaba más tiempo con no­sotros y se molestaba en mostrarnos que éramos importan­tes para él en mucha mayor medida que la mayoría de los padres de aquella época. (Pasaron muchos años antes de que yo tuvie­ra ninguna idea de qué sentimientos tenía mi madre hacia él.) El vestíbulo daba directamente a la sala de estar, donde estaba el piano, y en aquella época yo a menudo leía o jugaba con mis camiones de juguete allí donde no llegaban las patadas debajo del piano mientras mi hermano ensayaba sus piezas de Hanon, y a menudo yo era el primero en reconocer el sonido de la llave de mi padre en la puerta delantera. Tan solo me hacían falta cua­tro pasos y un breve deslizamiento sobre mis calcetines para ser capaz de verlo antes que nadie cuando entraba en medio de una ráfaga de aire de fuera. Recuerdo que el vestíbulo era oscuro y frío y que olía al armario de las chaquetas, la mayor parte del cual estaba lleno de las distintas chaquetas y guantes a juego de mi madre. La puerta delantera era pesada y costaba abrirla y ce­rrarla, como si el vestíbulo estuviera de alguna forma presurizado. La puerta tenía una ventanita pequeña y en forma de rom­bo en el centro, aunque nos íbamos a mudar a otra casa antes de que yo fuera lo bastante alto como para ver por ella. A veces él tenía que empujar con el costado para que se cerrara del todo, y yo no le veía la cara hasta que se volvía para quitarse el som­brero y la chaqueta, pero recuerdo que el ángulo de sus hom­bros cuando se inclinaba para apoyarse en la puerta tenía la mis­ma cualidad que sus ojos. Ahora no puedo transmitir esta cua­lidad y no cabe duda de que entonces tampoco habría podido, pero sí que sé que ayudó a dar forma a las pesadillas. Su cara no era así para nada en los fines de semana en que no trabajaba. Es al mirar hacia atrás cuando creo que los sueños eran sobre la vida adulta. Por entonces, yo solamente conocía su terror: gran parte de la dificultad de la que mis padres se quejaban cuando tenían que acostarme para dormir por las noches derivaba de aquellos sueños. Y tampoco es posible que siempre estuviera anocheciendo a las 5.42, pero así es como yo lo recuerdo, y la ráfaga de aire que entraba de fuera con él estaba fría y olía a ho­jas quemadas y a esa forma triste en que olía la calle al atardecer, cuando todas las casas se volvían del mismo color y todas las lu­ces de los porches se encendían como baluartes contra algo sin nombre. Cuando le daba la espalda a la puerta, sus ojos no me asustaban, pero la sensación estaba de alguna forma relacionada con tener miedo. A menudo yo tenía un camión en la mano. El dejaba el sombrero en el perchero, se quitaba la chaqueta con un movimiento del hombro, se la doblaba sobre el brazo iz­quierdo, abría el armario con la mano derecha y se transfería la chaqueta a esa mano mientras sacaba la tercera percha de ma­dera empezando por la izquierda con la mano siniestra. Había algo en su rutina que proyectaba sombras en partes profundas de mi ser a las que yo no podía acceder por mí mismo. Yo sabía algo del aburrimiento por entonces, cómo no, en la escuela Ha-yes y en la iglesia de Riverside, o durante los domingos por la tarde cuando no había nada que hacer: ese tipo inquieto de abu­rrimiento infantil que se parece más a la preocupación que a la desesperación. Pero no creo que yo relacionara de forma cons­ciente el aspecto que mi padre tenía por las noches con el abu­rrimiento muy diferente, más profundo y de nivel espiritual de su trabajo, que yo sabía que era de contable porque en segun­do curso todo el mundo en la clase de la señora Claymore ha­bía tenido que hacer una breve presentación sobre cuál era la profesión de nuestro padre. Yo sabía que los seguros eran una protección que los adultos pedían en caso de riesgos, y sabía que había números en todo aquello debido a los documentos que ha­bía a la vista en su maletín cuando yo tenía la oportunidad de desbloquear los cierres del mismo y abrirlo para él, y mi madre nos había señalado a mi hermano y a mí desde el coche el edi­ficio que albergaba la sede de la compañía de seguros y la ven­tanilla diminuta de mi padre en la fachada, pero los detalles con­cretos de su trabajo siempre eran difusos. Y así permanecieron durante muchos años. Mirando hacia atrás, sospecho que mi falta de curiosidad por lo que hacía mi padre todo el día tenía cierta cualidad de cubrirse los ojos y taparse las orejas. Me acuerdo de ciertos retablos narrativos bastante emocionantes ba­sados en las connotaciones competitivas y casi primitivas de la expresión «ganarse el pan», que había sido la expresión con que la señora Claymore englobaba las ocupaciones de nuestros pa­dres. Pero no creo que supiera o que pudiera imaginar, de niño, que durante casi treinta años de cincuenta y una semanas al año mi padre se pasara el día sentado a una mesa de metal en una sala silenciosa e iluminada con bombillas fluorescentes, leyendo im­presos y haciendo cálculos y rellenando más impresos sobre los resultados de esos cálculos, haciendo únicamente pausas oca­sionales para contestar el teléfono o para reunirse con otros contables en otras salas muy iluminadas y silenciosas. Con tan solo una ventana pequeña y sin sol orientada al norte y que daba a otras ventanas pequeñas de oficinas en otros edificios grises. Las pesadillas eran nítidas e impactantes, pero no eran de esas en que te despiertas llorando y luego tienes que intentar ex­plicarle a tu madre cuando esta llega de qué trataba el sueño para que ella te pueda tranquilizar diciendo que en el mundo real no existe nada como lo que tú has soñado. Yo sabía que a él le gustaba escuchar música o un programa animado de radio sintonizado y audible todo el tiempo en casa, o bien oír a mi hermano ensayar al piano mientras leía el Dispatch antes de la cena, pero estoy seguro de que por entonces yo no lo relacio­naba con el silencio en que trabajaba todo el día. Yo no sabía que el hecho de que mi madre le hiciera el almuerzo era una de las piedras angulares de su contrato matrimonial, o que cuando hacía buen tiempo él bajaba con su almuerzo en el ascensor y se lo comía sentado en un banco de piedra sin respaldo que daba a un pequeño parterre de césped con dos árboles y una escultura pública abstracta, y que muchas mañanas se guiaba por aquella media hora fuera del edificio igual que los marineros que no pueden ver tierra usan las estrellas para orientarse. Mi padre murió de un infarto cuando yo tenía dieciséis años, y puedo de­cir, a pesar del shock evidente y del sentimiento de pérdida, que su defunción fue menos difícil de soportar que muchas de las cosas que descubrí sobre su vida después de que muriera. Por ejemplo, era muy importante para mi madre que el sitio donde mi padre fuera enterrado estuviera en algún lugar donde al me­nos hubiera unos cuantos árboles a la vista. Y dada la logística del cementerio y los detalles del contrato mortuorio que él ha­bía preparado para ambos, aquello causó muchos problemas y gastos en un momento difícil, algo a lo que ni mi hermano ni yo le vimos el sentido hasta que años después descubrimos la verdad sobre sus jornadas de trabajo y sobre el banco donde le gustaba comerse su almuerzo. Por sugerencia de Miranda, me propuse, una primavera, visitar el lugar donde había estado su pequeño parterre de césped y árboles. La zona había sido trans­formada en uno de esos pequeños y mayormente no utilizados pequeños parques del centro de la ciudad que eran caracterís­ticos de los programas de renovación del New Columbus de principios de los ochenta, en los que ya no había hierba ni ha­yas sino una zona de juegos infantiles pequeña y moderna, con virutas de madera en lugar de arena y una estructura para trepar hecha en su totalidad de neumáticos reciclados. También había un columpio, cuyos dos asientos vacíos se estuvieron moviendo hacia atrás y hacia delante a velocidades distintas debido al vien­to durante todo el tiempo que pasé allí sentado. Durante una época en mis años de juventud, tuve períodos en que me ima­ginaba a mi padre sentado en el banco año tras año, masticando, y mirando aquel cuadrado artificial de color verde, sabiendo cuánto tiempo le quedaba para almorzar sin necesidad de sacar el reloj. Más triste todavía era tratar de imaginar lo que pensaba mientras estaba allí sentado, imaginarlo tal vez pensando en no­sotros, en nuestras caras cuando llegaba a casa o en nuestro olor por las noches después de bañarnos cuando entraba para darnos un beso en la coronilla… pero la verdad es que no tengo ni idea de en qué pensaba, de cuál podía haber sido su vida interior. Y que aunque estuviera vivo yo seguiría sin saberlo. O intentar (lo cual es según Miranda lo más triste de todo) imaginar qué palabras habría elegido para describirle a mi madre su trabajo y la plaza y los dos árboles. Yo conocía a mi padre lo bastante bien como para saber que no podría haber hablado directamente de ello: estoy seguro de que jamás estuvo sentado o acostado a su lado y le habló sin más del almuerzo o del banco y de los dos ár­boles enfermizos que en otoño atraían bandadas de estorninos migratorios, que aparecían en masse más como abejas que como pájaros cuando se reunían y abarrotaban las ramas de los olmos o de los castaños de Indias y llenaban la mente de ruido antes de elevarse nuevamente en una masa enorme para extenderse y contraerse como una gran mano en flexión sobre el fondo del cielo del centro de la ciudad. Intentaba así pues imaginar comen­tarios y actitudes y pequeñas medio anécdotas que con el tiem­po le transmitieron a mi madre lo bastante como para que ella removiera cielo y tierra para que trasladaran la tumba de mi pa­dre a las mejores zonas más cercanas a la entrada principal y a su pequeña arboleda de pinos del Himalaya. No era una pesadilla propiamente dicha, pero tampoco era una ensoñación o una fantasía. Me venía cuando ya llevaba un rato en la cama y esta­ba empezando a quedarme dormido pero no acababa de dor­mirme: esa parte de la suave inmersión en el sueño en que cua­lesquiera líneas de pensamiento que uno haya estado siguiendo empiezan a adquirir toques surrealistas y luego en algún mo­mento los pensamientos en si son reemplazados por imágenes y escenas y visiones concretas. Uno se desplaza gradualmente del mero hecho de pensar en algo a experimentarlo como si estu­viera allí, en su decurso, una historia o un mundo del que uno es parte, aunque al mismo tiempo uno permanece lo bastante des­pierto como para ser capaz de discernir a algún nivel que lo que uno está experimentando no acaba de tener sentido, que uno se encuentra en alguna clase de cúspide o frontera del acto de so­ñar. Incluso ahora, de adulto, sigo siendo capaz de reconocer de forma consciente que me estoy quedando dormido cuando mis pensamientos abstractos se convierten en imágenes y pequeñas películas, cuya lógica y cuyas asociaciones son siempre ligera­mente erróneas: y sin embargo siempre soy consciente de esto, de la falta de lógica y de mis reacciones a la misma. El sueño mostraba una sala grande llena de hombres con traje y corbata sentados en hileras de mesas grises y grandes, inclinados hacia delante sobre los papeles que tenían en las mesas, inmóviles, si­lenciosos, en una sala o pasillo monocromo bajo largas hileras de fluorescentes de alta luminosidad, las caras de los hombres estaban hinchadas y entretejidas con tensión adulta y fatiga y pa­recían colgar un tanto flácidas, de esa forma en que a uno se le pone la cara flácida cuando parece estar mirando algo sin verlo en realidad. Reconozco que nunca podría transmitir qué había que fuera tan atroz en aquel retablo de una sala luminosa y completamente silenciosa llena de hombres inmersos en su tra­bajo rutinario. Era la clase de pesadilla cuyo terror tiene menos que ver con lo que uno está viendo que con la sensación que a uno le produce en el abdomen lo que ve. Algunos de los hom­bres llevaban gafas. Había unos pocos bigotes pequeños y pul­cramente recortados. Algunos tenían el pelo gris o les clareaba o bien mostraban esas ojeras completamente texturizadas bajo los ojos que tanto nuestro padre como el tío Gerald tenían. Al­gunos de los hombres más jóvenes llevaban solapas anchas. La mayoría no. Parte del terror de la perspectiva en gran angular del sueño era que los hombres de la sala aparecían al mismo tiempo como individuos y como una gran masa anónima. Había por lo menos veinte o treinta hileras de una docena de mesas cada una, cada una con un secante y una lamparilla y carpetas llenas de papeles y con un hombre sentado en una silla de res­paldo rígido detrás de la mesa, cada hombre con un estilo o un dibujo ligeramente distinto en la corbata y con su propia forma ligeramente distintiva de sentarse y de colocar los brazos y de inclinar la cabeza, algunos de ellos manoseándose la mandíbula o la frente o el doblez de la corbata, o mordiéndose la piel muer­ta de alrededor de la uña del pulgar, o bien resiguiéndose el la­bio inferior con la goma de borrar del lápiz o con el capuchón metálico de la pluma. Se notaba que los estilos particulares de sentarse y los hábitos pequeños y distraídos que los individuali­zaban habían evolucionado durante años o incluso décadas de estar así sentados frente a su trabajo todos los días, moviéndose de forma intencionada solamente de vez en cuando para pasar una página grapada, o para pasar una página suelta del lado izquierdo de una carpeta al lado derecho, o bien para cerrar una carpeta y arrastrarla unos cuantos centímetros sobre la mesa y luego acercarse otra carpeta y abrirla, escrutando su interior como si ellos estuvieran a una altura terrible y los documentos estuvieran en el suelo muy por debajo. Si mi hermano soñaba, lo cierto es que nunca oímos nada al respecto. De alguna forma las expresiones de los hombres transmitían simultáneamente letargo y ansiedad, laxitud y nerviosismo: no era tanto que lu­charan contra el hecho de moverse inquietos sino que parecían haber renunciado hacía mucho tiempo a cualquier esperanza o expectación que les hiciera moverse inquietos. Los asientos de unas cuantas de las sillas tenían cojines de pana o de sarga, uno o dos de ellos de colores vivos y bordeados de flecos de tal ma­nera que se notaba que habían sido hechos a mano por un ser querido y ofrecidos a modo de regalo, tal vez para un cumple­años, y por alguna razón aquel detalle era el peor de todos. La sala luminosa del sueño era la muerte, yo podía sentirlo, pero no de ninguna forma que pudiera transmitirle o explicarle a mi madre cuando yo me ponía a gritar de miedo y ella venía co­rriendo. La idea de intentar hablarle alguna vez a mi padre del sueño era -incluso más tarde, después de que este desapareciera tan de repente como el problema con la lectura- impensable. La sensación de hablarle a él del tema habría sido como ir a nuestra tía Tina, una de las hermanas de mi madre (quien, en­tre las muchas cruces que llevaba en la vida, había nacido con el paladar hendido que las operaciones no habían conseguido co­rregir, además de tener también una enfermedad pulmonar congénita), y señalarle aquel paladar hendido que tenía y pre­guntarle cómo le hacía sentirse y cómo había afectado a su vida, y el mero hecho de imaginar la cara que habría puesto era im­pensable. La sensación global era que aquellas caras incoloras, de miradas vacías y afectadas por un sufrimiento que venía de largo eran la cara de una muerte que me esperaba mucho antes de que yo me marchara del mundo. Luego, cuando me queda­ba realmente dormido, aquello se convertía en un sueño de ver­dad, y yo perdía la perspectiva de alguien que meramente mira la escena y me sumergía del todo en ella: la lente de la perspec­tiva retrocedía de repente y resultaba que yo era uno de ellos, una parte de la masa de hombres de cara gris que se aguantaban la tos y se palpaban los dientes con la lengua y doblaban los bor­des de los papeles formando complejos dobleces de acordeón y luego los volvían a alisar con cuidado antes de colocarlos de nue­vo en sus carpetas correspondientes. Y la perspectiva del sueño se iba acercando más y más hasta que era principalmente yo el que estaba en la escena, en primer plano, enmarcado por un pu­ñado de caras y mitades superiores del cuerpo de los hombres del resto de las mesas y por la parte de atrás de los marcos de un puñado de fotos y tal vez por una máquina de sumar o un telé­fono situados al borde de la mesa (yo era uno de los que tenían un cojín hecho a mano en la silla). Tal como lo recuerdo ahora, en el sueño no me parezco ni a mi padre ni a mí mismo. Tengo muy poco pelo, y el que tengo está peinado meticulosamente con fijador en los lados y llevo una barbita en punta o tal vez una perilla, y mi cara, que está inclinada hacia abajo mirando la mesa en gesto concentrado, parece que haya pasado los últimos veinte años presionando con fuerza contra algo que no cedía. Y en cier­to momento del intervalo, en el proceso de quitar un clip suje­tapapeles o de abrir un cajón de la mesa (no había sonido), yo levantaba la vista y miraba a la lente de la perspectiva del sueño y me miraba a mí mismo, pero sin ninguna señal de reconoci­miento en la cara, ni de felicidad ni de miedo ni de desespera­ción ni de llamamiento: los ojos eran opacos y estaban vacíos, y solamente eran los míos de esa forma en que una foto muy an­tigua de ti sacada de un álbum de la infancia en algún lugar del que no te acuerdas es a pesar de todo tú. Y en el sueño, cuando nuestros ojos se encontraban, era imposible saber lo que el yo adulto estaba viendo o cómo estaba yo reaccionando o si había algo en absoluto allí dentro.


Signifying Nothing

Here is a weird one for you. It was a couple of years ago, and I was 19, and getting ready to move out of my folks’ house, and get out on my own, and one day as I was getting ready, I suddenly get this memory of my father waggling his dick in my face one time when I was a little kid. The memory comes up out of nowhere, but it is so detailed and solid-seeming, I know it is totally true. I suddenly know it really happened, and was not a dream, even though it had the same kind of bizarre weirdness to it dreams have. Here is the sudden memory. I was around 8 or 9, and I was down in the rec room by myself, after school, watching TV. My father came down and came into the rec room, and was standing in front of me, like between me and the TV, not saying anything, and I didn’t say anything. And, without saying anything, he took his dick out, and started kind of waggling it in my face. I remember nobody else was home. I think it was winter, because I remember it was cold down in the rec room, and I had Mom’s TV afghan wrapped around me. Part of the total weirdness of the incident of my father waggling his dick at me down there was that, the whole time, he did not say anything (I would have remembered it if he said anything), and there was nothing in the memory about what his face looked like, like what his expression looked like. I do not remember if he even looked at me. All I remember was the dick. The dick, like, claimed all of my attention. He was just sort of waggling it in my face, without saying anything or making any type of comment, shaking it kind of like you do in the can, like when you are shaking off, but, also, there was something threatening and a little bully-seeming about the way he did it, I remember, too, like the dick was a fist he was putting in my face and daring me to say anything, and I remember I was wrapped up in the afghan, and could not get up or move out of the way of the dick, and all I remembered doing was sort of moving my head all over the place, trying to get it out of my face (the dick). It was one of those totally bizarre incidents which are so weird, it seems like it is not happening even while it is happening. The only time I even had glimpsed my father’s dick before was in locker rooms. I remember my head kind of moving around all over the place, on my neck, and the dick kind of following me all over the place, and having totally bizarre thoughts going through my head while he did it, like, ‘I am moving my head just like a snake,’ etc. He did not have a boner. I remember the dick was a little bit darker than the rest of him, and big, with a big ugly vein down one side of it. The little hole-thing at the end looked slitty and pissed off, and it opened and closed a little as my father waggled the dick, keeping the dick threateningly in my face no matter where I moved my head around to. That is the memory. After I had it (the memory), I went around my folks’ house in a haze, in, like, a daze, totally freaked out, not telling anybody about it, and not asking anything. I know that was the only time my father ever did anything like that. This was when I was packing, and going around to stores getting old boxes to move with. Sometimes, I walked around my folks’ house in shock, feeling totally weird. I kept thinking about the sudden memory. I went into my folks’ room, and down to the rec room. The rec room had a new entertainment system, instead of the old TV, but my Mom’s TV afghan was still there, spread over the back of the couch when not in use. It was still the same afghan as in the memory. I kept trying to think about why my father would do something like that, and what he could have been thinking of, like, what it could have meant, and trying to remember if there had been any kind of look or emotion, during it, on his face.


      Now it gets even weirder, because I finally, the day my father took a half day off, and we went down and rented a van for me to pack and move out with, I, finally, in the van, on the way home from the rental place, brought it up, and asked him about the memory. I asked him about it straight up. It is not like there is a way to gradually lead up to something like that. My father had put the rental of the van on his card, and he was the one driving it home. I remember the radio in the van did not work. In the van, out of (from his perspective) nowhere, I suddenly tell my father I just had recently remembered the day he came down and waggled his dick in my face when I was a little kid, and I sort of briefly described what I had remembered, and asked him, ‘What the fuck was up with that?’ When he kept merely driving the van, and did not say or do anything to respond, I persisted, and brought the incident up again, and asked him the same question all over again. (I pretended like maybe he did not hear what I said the first time.) And then what my father does—we are in the van, on a brief straight away on the route home to my folks’ house, so I can get ready to move out on my own—he, without moving his hands on the wheel or moving one muscle except for his neck, turns his head to look at me, and gives me this look. It is not a pissed off look, or a confused one like he believes he did not quite hear. And it is not like he says, ‘What the hell is the matter with you,’ or ‘Get the fuck outta here,’ or any of the usual things he says where you can tell he is pissed off. He does not say one thing, however, this look he gives me says it all, like he can not believe he just heard this shit come out of my mouth, like he is in total disbelief, and total disgust, like not only did he never in his life waggle his dick at me for no reason when I was a little kid but just the fact that I could even fucking imagine that he ever waggled his dick at me, and then like, believe it, and then come into his own presence in this rental van and, like, accuse him. Etc., etc. The look he reacted and gave me in the van while he drove, after I brought up the memory and asked him straight up about it—this is what sent me totally over the edge, where my father was concerned. The look he turned and slowly gave me said he was embarrassed for me, and embarrassed for himself for even being related to me. Imagine if you were at a large, fancy, and coat-and-tie dinner or track banquet with your father, and if, like, you all of a sudden got up on the banquet table and bent down and took a shit right there on the table, in front of everybody at the dinner—this would be the look your father would be giving you as you did it (took a shit). Roughly, it was then, in the van, that I felt like I could have killed him. For a second, I felt like I wished the van would open up and swallow me whole, I was so embarrassed. But, just split seconds later, what I felt was I was so totally pissed off I could have killed him. It was weird—the memory in itself did not, at the time, get me pissed off, but only freaked out, like in a shocked daze. But, in the rented van that day, the way my father did not even say anything, but merely drove home to the house in silence, with both hands on the wheel, and that look on his face about me asking about it—now I was totally pissed off. I always thought that thing you hear about seeing ‘red’ if you get mad enough was a figure of speech, but it is real. After I packed up all my shit in the van, I moved away, and did not get in contact with my folks for over a year. Not a word. My apartment, in the same town, was maybe only two miles away, but I did not even tell them my phone number. I pretended they did not exist. I was so disgusted and pissed off. My Mom had no clue why I was not in contact, but I sure was not going to mention a word to her about any of it, and I knew, for fucking-‘A’ sure, my father was not going to say anything to her about it. Everything I saw stayed slightly red for months, after I moved out and broke off contact, or at least a pink tinge. I did not think of the memory of my father waggling his dick at me as a little kid very often, but barely a day went by that I did not remember that look in the van he gave me when I brought it up again. I wanted to kill him. For months, I thought about going home when nobody was there and kicking his ass. My sisters had no clue why I was not in contact with my folks, and said I must have gone crazy, and was breaking my Mom’s heart, and when I called them they gave me shit about breaking off contact without explanation constantly, but I was so pissed off, I knew I was going to go to my grave never saying another fucking word about it. It was not that I was chicken to say anything about it, but I was so fucking over the edge about it, it felt like, if I ever mentioned it again, and got any kind of look from somebody, something terrible would happen. Almost every day, I imagined that, as I went home and was kicking his ass, my father would keep asking me why I was doing it, and what it meant, but I would not say anything, nor would my face have any look or emotion on it as I beat the shit out of him.

      Then, as time passed, I, little by little, got over the whole thing. I still knew that the memory of my father waggling his dick at me in the rec room was real, but, little by little, I started to realize, just because I remembered the incident, that did not mean, necessarily, my father did. I started to see that maybe he had forgotten the whole incident. It was possible that the whole incident was so weird and unexplained, that my father, psychologically, blocked it out of his memory, and that when I, out of (from his point of view) nowhere, brought it up to him in the van, he did not remember ever doing something as bizarre and unexplained as coming down and threateningly waggling his dick at a little kid, and thought I had lost my fucking mind, and gave me a look that said he was totally disgusted. It is not like I totally believed my father had no memory of it, but more like I was admitting, little by little, it was possible he blocked it out. Little by little, it seemed like the moral of a memory of any incident that weird is, anything is possible. After the year, I got to this position in my attitude where I figured that, if my father was willing to forget about the whole thing of me bringing up the memory of the incident in the van, and to never bring it up, then I was willing to forget the whole thing. I knew that I, for fucking-‘A’ goddamn sure, would never bring any of it up again. When I arrived at this attitude about the whole thing, it was around early July, right before the 4th Of July, which is also my littlest sister’s birthday, and so, out of (to them) nowhere, I call my folks’ house, and ask if I can come along for my sister’s birthday, and meet them at the special restaurant they traditionally take my sister to on her birthday, because she loves it so much (the restaurant). This restaurant, which is in our town’s down town, is Italian, kind of expensive, and has mostly dark, wooden decor, and has menus in Italian. (Our family is not Italian.) It was ironic that it was at this restaurant, on a birthday, that I would be getting back in contact with my folks, because, when I was a little kid, our family tradition was that this was ‘my’ special restaurant, where I always got to go for my birthday. I somewhere, as a kid, got the idea that it was run by The Mob, in which I had a total fascination, as a little kid, and always bugged my folks until they took me on at least my birthday—until, little by little, as I grew up, I outgrew it, and then, somehow, it passed into being my littlest sister’s special restaurant, like she had inherited it. It has black and red checkered table cloths, and all the waiters look like enforcers for The Mob, and, on the restaurant’s tables, there are always empty wine bottles with candles stuck in the hole, which have melted, and several colors of wax run and harden up all over the sides of the bottle in lines and varied patterns. As a little kid, I remembered having a weird fascination in the wine bottles with all the dried wax running all over them, and of having to be asked, over and over, by my father, not to keep picking the wax off. When I arrived at the restaurant, in a coat and tie, they were all already there, at a table. I remember my Mom looked totally enthusiastic and pleased just to see me, and I could tell she was willing to forget the whole year of me not contacting them; she was just so pleased to feel like a family again.


     My father said, ‘You’re late.’ His face had zero expression either way. My Mom said, ‘I’m afraid we already ordered, is that OK.’

      My father said they had ordered for me already, being as I was a little late getting there.

     I sat down, and smilingly asked what they ordered me.

      My father said, ‘A chicken presto dish thing your mother ordered for you.’

      I said, ‘But I hate chicken. I always hated it. How could you forget I hate chicken?’


      We all looked at each other for a second, around the table, even my littlest sister, and her boyfriend with the hair. There was one long split second of all looking at each other. This was when the waiter was bringing everybody’s chicken. Then my father smiled, and drew one of his fists back jokingly, and said, ‘Get the fuck outta here.’ Then my Mom put her hand up against her upper chest, like she does when she is afraid she’s going to laugh too hard, and laughed. The waiter put my plate in front of me, and I pretended to look down and make a face, and we all laughed. It was good.