El alma no es una forja (fragmento)
Por lo que a mí respectaba, yo empecé a tener pesadillas sobre la realidad de la vida adulta tal vez ya a los siete años. Ya por entonces sabía que los sueños tenían que ver con la vida y el trabajo de mi padre y con el aspecto que tenía cuando volvía a casa del trabajo al final de la jornada. Siempre llegaba entre las 5.42 y las 5.45 y normalmente yo era el primero en verlo entrar por la puerta delantera. Lo que ocurría seguía una rutina casi coreográfica. Entraba ya girándose a fin de empujar la puerta para cerrarla detrás de sí. Se quitaba el sombrero y el abrigo y colgaba la chaqueta en el armario del vestíbulo. Se aflojaba la corbata enganchándola con dos dedos, le quitaba la goma elástica verde al Dispatch, entraba en la sala de estar, saludaba a mi hermano y se sentaba con el periódico a esperar a que mi madre le trajera un combinado. Las pesadillas siempre empezaban con una panorámica de una serie de hombres sentados frente a escritorios en hileras dentro de un pasillo o una sala enorme y muy luminosa. Los escritorios estaban meticulosamente organizados en hileras y columnas igual que los pupitres de un aula de la escuela R. B. Hayes, pero aquellos escritorios se parecían más a las mesas grandes de metal gris que los profesores tenían al frente de las aulas, y había muchas, muchas más, tal vez cien o más, todas ocupadas por hombres con traje y corbata. Si había ventanas, no recuerdo haberlas visto. Algunos hombres eran mayores que otros, pero aun así eran obviamente adultos: gente que iba en coche, que solicitaba cobertura sanitaria y que bebía combinados mientras leía el periódico antes de la cena. La sala de la pesadilla era por lo menos del tamaño de un campo de fútbol o de flag football; en ella reinaba un silencio total y tenía un reloj de gran tamaño en cada pared. También era muy luminosa. En el vestíbulo, cuando se giraba después de cerrar la puerta mientras levantaba la mano izquierda para quitarse el sombrero, la mirada de mi padre parecía apagada y muerta, vacía de todo lo que asociábamos con su verdadera personalidad. Era un hombre amable, decente y de aspecto ordinario. Tenía una voz grave pero no retumbante. Hablaba en tono suave y tenía un sentido del humor que evitaba que su introversión natural pareciera remota o arrogante. Incluso cuando mi hermano y yo éramos pequeños, nos dábamos cuenta de que pasaba más tiempo con nosotros y se molestaba en mostrarnos que éramos importantes para él en mucha mayor medida que la mayoría de los padres de aquella época. (Pasaron muchos años antes de que yo tuviera ninguna idea de qué sentimientos tenía mi madre hacia él.) El vestíbulo daba directamente a la sala de estar, donde estaba el piano, y en aquella época yo a menudo leía o jugaba con mis camiones de juguete allí donde no llegaban las patadas debajo del piano mientras mi hermano ensayaba sus piezas de Hanon, y a menudo yo era el primero en reconocer el sonido de la llave de mi padre en la puerta delantera. Tan solo me hacían falta cuatro pasos y un breve deslizamiento sobre mis calcetines para ser capaz de verlo antes que nadie cuando entraba en medio de una ráfaga de aire de fuera. Recuerdo que el vestíbulo era oscuro y frío y que olía al armario de las chaquetas, la mayor parte del cual estaba lleno de las distintas chaquetas y guantes a juego de mi madre. La puerta delantera era pesada y costaba abrirla y cerrarla, como si el vestíbulo estuviera de alguna forma presurizado. La puerta tenía una ventanita pequeña y en forma de rombo en el centro, aunque nos íbamos a mudar a otra casa antes de que yo fuera lo bastante alto como para ver por ella. A veces él tenía que empujar con el costado para que se cerrara del todo, y yo no le veía la cara hasta que se volvía para quitarse el sombrero y la chaqueta, pero recuerdo que el ángulo de sus hombros cuando se inclinaba para apoyarse en la puerta tenía la misma cualidad que sus ojos. Ahora no puedo transmitir esta cualidad y no cabe duda de que entonces tampoco habría podido, pero sí que sé que ayudó a dar forma a las pesadillas. Su cara no era así para nada en los fines de semana en que no trabajaba. Es al mirar hacia atrás cuando creo que los sueños eran sobre la vida adulta. Por entonces, yo solamente conocía su terror: gran parte de la dificultad de la que mis padres se quejaban cuando tenían que acostarme para dormir por las noches derivaba de aquellos sueños. Y tampoco es posible que siempre estuviera anocheciendo a las 5.42, pero así es como yo lo recuerdo, y la ráfaga de aire que entraba de fuera con él estaba fría y olía a hojas quemadas y a esa forma triste en que olía la calle al atardecer, cuando todas las casas se volvían del mismo color y todas las luces de los porches se encendían como baluartes contra algo sin nombre. Cuando le daba la espalda a la puerta, sus ojos no me asustaban, pero la sensación estaba de alguna forma relacionada con tener miedo. A menudo yo tenía un camión en la mano. El dejaba el sombrero en el perchero, se quitaba la chaqueta con un movimiento del hombro, se la doblaba sobre el brazo izquierdo, abría el armario con la mano derecha y se transfería la chaqueta a esa mano mientras sacaba la tercera percha de madera empezando por la izquierda con la mano siniestra. Había algo en su rutina que proyectaba sombras en partes profundas de mi ser a las que yo no podía acceder por mí mismo. Yo sabía algo del aburrimiento por entonces, cómo no, en la escuela Ha-yes y en la iglesia de Riverside, o durante los domingos por la tarde cuando no había nada que hacer: ese tipo inquieto de aburrimiento infantil que se parece más a la preocupación que a la desesperación. Pero no creo que yo relacionara de forma consciente el aspecto que mi padre tenía por las noches con el aburrimiento muy diferente, más profundo y de nivel espiritual de su trabajo, que yo sabía que era de contable porque en segundo curso todo el mundo en la clase de la señora Claymore había tenido que hacer una breve presentación sobre cuál era la profesión de nuestro padre. Yo sabía que los seguros eran una protección que los adultos pedían en caso de riesgos, y sabía que había números en todo aquello debido a los documentos que había a la vista en su maletín cuando yo tenía la oportunidad de desbloquear los cierres del mismo y abrirlo para él, y mi madre nos había señalado a mi hermano y a mí desde el coche el edificio que albergaba la sede de la compañía de seguros y la ventanilla diminuta de mi padre en la fachada, pero los detalles concretos de su trabajo siempre eran difusos. Y así permanecieron durante muchos años. Mirando hacia atrás, sospecho que mi falta de curiosidad por lo que hacía mi padre todo el día tenía cierta cualidad de cubrirse los ojos y taparse las orejas. Me acuerdo de ciertos retablos narrativos bastante emocionantes basados en las connotaciones competitivas y casi primitivas de la expresión «ganarse el pan», que había sido la expresión con que la señora Claymore englobaba las ocupaciones de nuestros padres. Pero no creo que supiera o que pudiera imaginar, de niño, que durante casi treinta años de cincuenta y una semanas al año mi padre se pasara el día sentado a una mesa de metal en una sala silenciosa e iluminada con bombillas fluorescentes, leyendo impresos y haciendo cálculos y rellenando más impresos sobre los resultados de esos cálculos, haciendo únicamente pausas ocasionales para contestar el teléfono o para reunirse con otros contables en otras salas muy iluminadas y silenciosas. Con tan solo una ventana pequeña y sin sol orientada al norte y que daba a otras ventanas pequeñas de oficinas en otros edificios grises. Las pesadillas eran nítidas e impactantes, pero no eran de esas en que te despiertas llorando y luego tienes que intentar explicarle a tu madre cuando esta llega de qué trataba el sueño para que ella te pueda tranquilizar diciendo que en el mundo real no existe nada como lo que tú has soñado. Yo sabía que a él le gustaba escuchar música o un programa animado de radio sintonizado y audible todo el tiempo en casa, o bien oír a mi hermano ensayar al piano mientras leía el Dispatch antes de la cena, pero estoy seguro de que por entonces yo no lo relacionaba con el silencio en que trabajaba todo el día. Yo no sabía que el hecho de que mi madre le hiciera el almuerzo era una de las piedras angulares de su contrato matrimonial, o que cuando hacía buen tiempo él bajaba con su almuerzo en el ascensor y se lo comía sentado en un banco de piedra sin respaldo que daba a un pequeño parterre de césped con dos árboles y una escultura pública abstracta, y que muchas mañanas se guiaba por aquella media hora fuera del edificio igual que los marineros que no pueden ver tierra usan las estrellas para orientarse. Mi padre murió de un infarto cuando yo tenía dieciséis años, y puedo decir, a pesar del shock evidente y del sentimiento de pérdida, que su defunción fue menos difícil de soportar que muchas de las cosas que descubrí sobre su vida después de que muriera. Por ejemplo, era muy importante para mi madre que el sitio donde mi padre fuera enterrado estuviera en algún lugar donde al menos hubiera unos cuantos árboles a la vista. Y dada la logística del cementerio y los detalles del contrato mortuorio que él había preparado para ambos, aquello causó muchos problemas y gastos en un momento difícil, algo a lo que ni mi hermano ni yo le vimos el sentido hasta que años después descubrimos la verdad sobre sus jornadas de trabajo y sobre el banco donde le gustaba comerse su almuerzo. Por sugerencia de Miranda, me propuse, una primavera, visitar el lugar donde había estado su pequeño parterre de césped y árboles. La zona había sido transformada en uno de esos pequeños y mayormente no utilizados pequeños parques del centro de la ciudad que eran característicos de los programas de renovación del New Columbus de principios de los ochenta, en los que ya no había hierba ni hayas sino una zona de juegos infantiles pequeña y moderna, con virutas de madera en lugar de arena y una estructura para trepar hecha en su totalidad de neumáticos reciclados. También había un columpio, cuyos dos asientos vacíos se estuvieron moviendo hacia atrás y hacia delante a velocidades distintas debido al viento durante todo el tiempo que pasé allí sentado. Durante una época en mis años de juventud, tuve períodos en que me imaginaba a mi padre sentado en el banco año tras año, masticando, y mirando aquel cuadrado artificial de color verde, sabiendo cuánto tiempo le quedaba para almorzar sin necesidad de sacar el reloj. Más triste todavía era tratar de imaginar lo que pensaba mientras estaba allí sentado, imaginarlo tal vez pensando en nosotros, en nuestras caras cuando llegaba a casa o en nuestro olor por las noches después de bañarnos cuando entraba para darnos un beso en la coronilla… pero la verdad es que no tengo ni idea de en qué pensaba, de cuál podía haber sido su vida interior. Y que aunque estuviera vivo yo seguiría sin saberlo. O intentar (lo cual es según Miranda lo más triste de todo) imaginar qué palabras habría elegido para describirle a mi madre su trabajo y la plaza y los dos árboles. Yo conocía a mi padre lo bastante bien como para saber que no podría haber hablado directamente de ello: estoy seguro de que jamás estuvo sentado o acostado a su lado y le habló sin más del almuerzo o del banco y de los dos árboles enfermizos que en otoño atraían bandadas de estorninos migratorios, que aparecían en masse más como abejas que como pájaros cuando se reunían y abarrotaban las ramas de los olmos o de los castaños de Indias y llenaban la mente de ruido antes de elevarse nuevamente en una masa enorme para extenderse y contraerse como una gran mano en flexión sobre el fondo del cielo del centro de la ciudad. Intentaba así pues imaginar comentarios y actitudes y pequeñas medio anécdotas que con el tiempo le transmitieron a mi madre lo bastante como para que ella removiera cielo y tierra para que trasladaran la tumba de mi padre a las mejores zonas más cercanas a la entrada principal y a su pequeña arboleda de pinos del Himalaya. No era una pesadilla propiamente dicha, pero tampoco era una ensoñación o una fantasía. Me venía cuando ya llevaba un rato en la cama y estaba empezando a quedarme dormido pero no acababa de dormirme: esa parte de la suave inmersión en el sueño en que cualesquiera líneas de pensamiento que uno haya estado siguiendo empiezan a adquirir toques surrealistas y luego en algún momento los pensamientos en si son reemplazados por imágenes y escenas y visiones concretas. Uno se desplaza gradualmente del mero hecho de pensar en algo a experimentarlo como si estuviera allí, en su decurso, una historia o un mundo del que uno es parte, aunque al mismo tiempo uno permanece lo bastante despierto como para ser capaz de discernir a algún nivel que lo que uno está experimentando no acaba de tener sentido, que uno se encuentra en alguna clase de cúspide o frontera del acto de soñar. Incluso ahora, de adulto, sigo siendo capaz de reconocer de forma consciente que me estoy quedando dormido cuando mis pensamientos abstractos se convierten en imágenes y pequeñas películas, cuya lógica y cuyas asociaciones son siempre ligeramente erróneas: y sin embargo siempre soy consciente de esto, de la falta de lógica y de mis reacciones a la misma. El sueño mostraba una sala grande llena de hombres con traje y corbata sentados en hileras de mesas grises y grandes, inclinados hacia delante sobre los papeles que tenían en las mesas, inmóviles, silenciosos, en una sala o pasillo monocromo bajo largas hileras de fluorescentes de alta luminosidad, las caras de los hombres estaban hinchadas y entretejidas con tensión adulta y fatiga y parecían colgar un tanto flácidas, de esa forma en que a uno se le pone la cara flácida cuando parece estar mirando algo sin verlo en realidad. Reconozco que nunca podría transmitir qué había que fuera tan atroz en aquel retablo de una sala luminosa y completamente silenciosa llena de hombres inmersos en su trabajo rutinario. Era la clase de pesadilla cuyo terror tiene menos que ver con lo que uno está viendo que con la sensación que a uno le produce en el abdomen lo que ve. Algunos de los hombres llevaban gafas. Había unos pocos bigotes pequeños y pulcramente recortados. Algunos tenían el pelo gris o les clareaba o bien mostraban esas ojeras completamente texturizadas bajo los ojos que tanto nuestro padre como el tío Gerald tenían. Algunos de los hombres más jóvenes llevaban solapas anchas. La mayoría no. Parte del terror de la perspectiva en gran angular del sueño era que los hombres de la sala aparecían al mismo tiempo como individuos y como una gran masa anónima. Había por lo menos veinte o treinta hileras de una docena de mesas cada una, cada una con un secante y una lamparilla y carpetas llenas de papeles y con un hombre sentado en una silla de respaldo rígido detrás de la mesa, cada hombre con un estilo o un dibujo ligeramente distinto en la corbata y con su propia forma ligeramente distintiva de sentarse y de colocar los brazos y de inclinar la cabeza, algunos de ellos manoseándose la mandíbula o la frente o el doblez de la corbata, o mordiéndose la piel muerta de alrededor de la uña del pulgar, o bien resiguiéndose el labio inferior con la goma de borrar del lápiz o con el capuchón metálico de la pluma. Se notaba que los estilos particulares de sentarse y los hábitos pequeños y distraídos que los individualizaban habían evolucionado durante años o incluso décadas de estar así sentados frente a su trabajo todos los días, moviéndose de forma intencionada solamente de vez en cuando para pasar una página grapada, o para pasar una página suelta del lado izquierdo de una carpeta al lado derecho, o bien para cerrar una carpeta y arrastrarla unos cuantos centímetros sobre la mesa y luego acercarse otra carpeta y abrirla, escrutando su interior como si ellos estuvieran a una altura terrible y los documentos estuvieran en el suelo muy por debajo. Si mi hermano soñaba, lo cierto es que nunca oímos nada al respecto. De alguna forma las expresiones de los hombres transmitían simultáneamente letargo y ansiedad, laxitud y nerviosismo: no era tanto que lucharan contra el hecho de moverse inquietos sino que parecían haber renunciado hacía mucho tiempo a cualquier esperanza o expectación que les hiciera moverse inquietos. Los asientos de unas cuantas de las sillas tenían cojines de pana o de sarga, uno o dos de ellos de colores vivos y bordeados de flecos de tal manera que se notaba que habían sido hechos a mano por un ser querido y ofrecidos a modo de regalo, tal vez para un cumpleaños, y por alguna razón aquel detalle era el peor de todos. La sala luminosa del sueño era la muerte, yo podía sentirlo, pero no de ninguna forma que pudiera transmitirle o explicarle a mi madre cuando yo me ponía a gritar de miedo y ella venía corriendo. La idea de intentar hablarle alguna vez a mi padre del sueño era -incluso más tarde, después de que este desapareciera tan de repente como el problema con la lectura- impensable. La sensación de hablarle a él del tema habría sido como ir a nuestra tía Tina, una de las hermanas de mi madre (quien, entre las muchas cruces que llevaba en la vida, había nacido con el paladar hendido que las operaciones no habían conseguido corregir, además de tener también una enfermedad pulmonar congénita), y señalarle aquel paladar hendido que tenía y preguntarle cómo le hacía sentirse y cómo había afectado a su vida, y el mero hecho de imaginar la cara que habría puesto era impensable. La sensación global era que aquellas caras incoloras, de miradas vacías y afectadas por un sufrimiento que venía de largo eran la cara de una muerte que me esperaba mucho antes de que yo me marchara del mundo. Luego, cuando me quedaba realmente dormido, aquello se convertía en un sueño de verdad, y yo perdía la perspectiva de alguien que meramente mira la escena y me sumergía del todo en ella: la lente de la perspectiva retrocedía de repente y resultaba que yo era uno de ellos, una parte de la masa de hombres de cara gris que se aguantaban la tos y se palpaban los dientes con la lengua y doblaban los bordes de los papeles formando complejos dobleces de acordeón y luego los volvían a alisar con cuidado antes de colocarlos de nuevo en sus carpetas correspondientes. Y la perspectiva del sueño se iba acercando más y más hasta que era principalmente yo el que estaba en la escena, en primer plano, enmarcado por un puñado de caras y mitades superiores del cuerpo de los hombres del resto de las mesas y por la parte de atrás de los marcos de un puñado de fotos y tal vez por una máquina de sumar o un teléfono situados al borde de la mesa (yo era uno de los que tenían un cojín hecho a mano en la silla). Tal como lo recuerdo ahora, en el sueño no me parezco ni a mi padre ni a mí mismo. Tengo muy poco pelo, y el que tengo está peinado meticulosamente con fijador en los lados y llevo una barbita en punta o tal vez una perilla, y mi cara, que está inclinada hacia abajo mirando la mesa en gesto concentrado, parece que haya pasado los últimos veinte años presionando con fuerza contra algo que no cedía. Y en cierto momento del intervalo, en el proceso de quitar un clip sujetapapeles o de abrir un cajón de la mesa (no había sonido), yo levantaba la vista y miraba a la lente de la perspectiva del sueño y me miraba a mí mismo, pero sin ninguna señal de reconocimiento en la cara, ni de felicidad ni de miedo ni de desesperación ni de llamamiento: los ojos eran opacos y estaban vacíos, y solamente eran los míos de esa forma en que una foto muy antigua de ti sacada de un álbum de la infancia en algún lugar del que no te acuerdas es a pesar de todo tú. Y en el sueño, cuando nuestros ojos se encontraban, era imposible saber lo que el yo adulto estaba viendo o cómo estaba yo reaccionando o si había algo en absoluto allí dentro.