Barba Azul

NO ABRAS NUNCA ESA PUERTA, me dijo Barba Azul y yo, como conocía su historia, asentí con la cabeza. A decir verdad, me imaginaba perfectamente lo que había al otro Iado de la puerta y no tenía e1 menor interés en abrirla. Barba Azul tenía entonces cuarenta y cinco y era bastante robusto; e1 malestar que se apoderó de él más adelante (que lo debilitó, en realidad) todavía no se había manifestado. La primera vez que intento presentar su petición de mano, mi padre, que lo conocía apenas —los dos eran clientes de Dreyer, el marchante estadounidense—, se negó a admitirlo, limitándose a decir: No me parece buena idea-. Barba Azul envió a mi padre una pequeña acuarela de Poussin, un estudio para La muerte de Focio, y a mí me envió, con un descaro increíble, un camisón negro de acetato.

La situación fue evolucionando. Mi padre no fue capaz de devolver el Poussin y rápidamente Barba Azul se convirtió en parte integrante de nuestro salón, siempre con algún regalo espléndido: un par de vinajeras atribuidas a Cellini, una funda Aubusson de pelo ralo para un extintor… Reconozco que me resultaba muy atractivo. a pesar de su edad y su nariz; esta era un objeto negro, similar a una roca, recorrido por venas plateadas, un rasgo que hasta entonces no había visto jamás adornando un semblante humano. La mera energía del hombre arrasaba con todo lo que se le ponía delante y, además, era sumamente considerado. *La historia de la arquitectura es la historia de la lucha por la luz», dijo un día. Últimamente me he enterado de que tal comentario se atribuye al suizo Le Corbusier, pero la primera vez que se expresó -lo sé con certeza— fue en nuestro salón, mientras Barba AzuI pasaba 135 páginas de un volumen de Palladio. En resumen, que me conquistó y me convertí en su séptima esposa.

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Florence Green tiene 81

Cena con Florence Green. Esta noche alguien le dio cuerda a la vieja: quiero ir a otro país, anuncia. Todos se preguntan qué significa esto. Pero Florence no dice nada más: no explica, no amplia, después de mirarnos con satisfacción a todos alrededor de la mesa ¡bang! Se duerme de nuevo. La chica a la derecha de Florence es nueva aquí y no entiende. Le doy una mirada condescendiente (una mirada que dice, “No hay motivos para preocuparse, te explicare todo después en la privacidad de mi alcoba Kathleen”). Hay lentejas en las profundidades de los cuatro ríos principales del mundo, el Ob, en Siberia, 3200 millas. Hablamos sobre Quemoy y Matsu. “Es cosa de mostrar nuestra fortaleza. ¿Cuál es la movida que muestra mayor fuerza de nuestra parte? Negarles las islas incluso cuando las islas no tienen valor por sí mismas.” Baskerville, un estudiante de segundo año en una escuela de escritura famosa en Westpoint, Connecticut, a la cual va con el objetivo de volverse un escritor famoso, está tomando notas emocionado. Los pechos de la chica nueva son como las rodillas de mi secretaria, muy prominentes e irritantes. Florence comenzó esa mañana diciendo de manera grandilocuente “Sabes, el baño de arriba gotea” ¿Qué es lo que Herman Kahn piensa sobre Quemoy y Matsu? No puedo recordar, no puedo recordar…

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La esposa de Gogol

En este punto, confrontado con todo el complicado asunto de la esposa de Nikolai Vassilevirch, me encuentro abrumado por la duda. ¿Tengo algún derecho a revelar algo que no es conocido por todo el mundo, algo que mi inolvidable amigo mantuvo escondido del mundo (y tenía sus razones), y algo que estoy seguro dará lugar a toda clase de maliciosos y estúpidos malentendidos? Algo, además, que muy probablemente ofenderá las sensibilidades de toda clase de personas hipócritas y es verdad, debo admitirlo, posiblemente de algunas personas honestas, si quedan algunas. Y finalmente, ¿Tengo algún derecho de revelar algo que a mi propio espíritu repugna, y en cierta medida abiertamente desaprueba?

Pero el hecho es que, como biógrafo, tengo ciertas obligaciones firmes. Creyendo como lo hago en que cada pedazo de información sobre este genio elevado será de gran valor para nosotros y para las generaciones futuras, no deseo ocultar algo que en cualquier caso no tiene esperanza de ser juzgado justa y sabiamente hasta el fin de los tiempos. Además, ¿Qué derecho tenemos nosotros para condenar? ¿Se nos permite conocer, no solo que necesidades íntimas, pero a que altos y extensos fines habrán servido esas acciones del genio elevado que nos parecen tan viles? No, así es, porque entendemos muy poco de estas naturalezas privilegiadas. “Es verdad”, dijo una vez un gran hombre, “que también tengo que orinar, pero por razones diferentes.”

Sin dar más vueltas hablaré de aquello sobre lo que estoy completamente seguro, y puedo probar más allá de toda duda, sobre este asunto controversial, el cual ahora- espero- ya no lo será más. No recapitulare lo que ya es conocido, porque no creo que sea necesario en la etapa presente del desarrollo de los estudios acerca de Gogol.

Déjenme decirlo de una vez: La esposa de Nikolai Vassilevitch no era una mujer. Ni era un ser humano, o algún tipo de creatura viviente, sea animal o vegetal (aunque algo de ese tipo se sugiere algunas veces). Ella era un globo. Si, un globo; y esto explicara la perplejidad, o incluso indignación, de ciertos biógrafos que eran amigos personales del maestro, y quienes se quejaban de que, aunque iban seguido a su casa, nunca la habían visto y “nunca habían oído su voz.” De esto dedujeron toda clase de oscuras y desgraciadas complicaciones; sí, y algunas criminales también. No, señores; todo siempre es más simple de lo que parece. No podías oír su voz simplemente porque no podía hablar, o para ser más exactos, ella sólo podía hablar bajo ciertas condiciones, como veremos después. Y siempre era, excepto una vez, tête à tête con Nikolai Vassilevitch. Así que no perdamos tiempo con refutaciones baratas o vacías y pasemos a la descripción tan exacta y completa como sea posible del sujeto en cuestión.

La “esposa” de Gogol era, en realidad, un muñeca ordinario de una goma delgada, desnuda todo el tiempo, con una piel ligeramente rosada. Pero como la piel de todas las mujeres no es del mismo color, debería aclarar que en este caso era una piel algo clara y lisa como la de ciertas mujeres morenas. Eso, o ella, era, no hace falta agregarlo, de sexo femenino. Quizás debería decir de una vez que ella era capaz de un extenso número de cambios en sus atributos sin, por supuesto, ser capaz de alterar su sexo. Sin embargo, algunas veces podía mostrarse delgada, con casi nada de pechos y con caderas estrechas más parecida a una hombre joven que a una mujer, y otras veces excesivamente bien dotada o – para no recurrir a eufemismos- gorda. Además, cambiaba de color de cabello seguido tanto en su cabello como en otras partes de su cuerpo, aunque no necesariamente al mismo tiempo. Ella también parecía capaz de cambiar otros detalles en particular. Como la posición de sus lunares. La vitalidad de sus membranas mucosas, y así. Incluso podía en cierta medida cambiar el color de su piel. Uno se encuentra con la necesidad de preguntarse a un mismo quien era ella, o si sería apropiado hablar de una sola “persona”- y de hecho veremos que sería imprudente insistir en este punto.

La causa de estos cambios, como mis lectores ya habrán entendido, era nada más que la voluntad de Nikolai Vassilevitch. Él la inflaría en distintos grados, y le cambiaria las pelucas y otros pedazos de cabello, la lubricaría con sus propias pomadas, la moldearía de muchas maneras para obtener más o menos el tipo de mujer que necesitaba en ese día o momento. Siguiendo las inclinaciones naturales de sus gustos, incluso se divertía algunas veces produciendo formas monstruosas y grotescas; como podrá entenderse más tarde en la lectura, ella se volvía deforme cuando la inflaban más allá de cierto punto y también cuando se encontraba por debajo de cierta presión.

Pero Gogol muy pronto se cansó de estos experimentos,  de los cuales decía “No del todo muy respetuosos” a su esposa, a quien amaba a su propio modo- sin importar que tan inescrutable nos parezca. La amaba, ¿Pero cuál de todas sus encarnaciones, nos preguntamos, era la que amaba? Ya he indicado que al final de este escrito trataré de dar una especie de respuesta. Entonces, ¿Cómo puedo haber dicho arriba que era la voluntad de Nikolai Vassilevitch la que controlaba a esa mujer? En cierto sentido, si, es verdad; pero es igualmente es cierto que pronto ella dejo de ser su esclava y paso a ser su tirana. Y aquí yace el abismo, o si lo prefieres, las mandíbulas del tártaro. Pero no nos precipitemos.

Ya dije que Gogol obtenía con sus manipulaciones más o menos el tipo de mujer que necesitaba de tiempo en tiempo. Y debería agregar que, en raros casos, la forma que obtenía representaba perfectamente lo que deseaba, Nikolai Vassilevitch se enamoraba de esa forma “exclusivamente” como decía en sus propias palabras, y que esto era suficiente para decirle “estable” por cierto tiempo, es decir, hasta que “dejara de amarla.” Sin embargo, no conté más de tres o cuatro de estas pasiones violentas –o, como supongo que se llamaría hoy en día, infatuosas- en la vida (¿Me atrevería a decir conyugal?) de un gran escritor. Sería conveniente agregar que algunos años después de lo que alguien podría llamar su matrimonio, Gogol incluso le había dado un nombre a su esposa. Era Caracas, que es, a menos que esté equivocado, la capital de Venezuela. Nunca logre descubrir la razón para esta elección: ¡Las grandes mentes son tan caprichosas!

Hablando solo de su apariencia normal: Caracas era lo que llamamos una mujer atractiva; eso es, bien hecha y proporcionada en cada parte. Como dijimos arriba, ella tenía todos los pequeños atributos de su sexo propiamente dispuestos en los lugares correctos. Particularmente dignos de atención eran sus órganos genitales (si el adjetivo es permisible en este contexto). Estos estaban formados por una ingeniosa serie de pliegues de goma. Nada fue olvidado y la operación de todas las partes era sencilla gracias a una serie de varios dispositivos, como por la presión interna del aire.

Caracas también tenía un esqueleto, aunque era uno rudimentario. Quizás estaba hecho de huesos de ballena. Se había prestado cuidado especial a la construcción de su caja torácica, pelvis y el cráneo. El primero de dos sistemas eran más o menos visibles de acuerdo al grosor de la capa de grasa, si puedo describirlo así, que los cubría. Es una gran pena, agrego esto de paso, que Gogol nunca me dijera el nombre del creador de ese excelente trabajo. Había una obstinación en ese rechazo que nunca estuvo del todo clara para mí.

Nikolai Vassilevitch inflaba a su esposa a través del esfínter con una bomba de su propia invención, en lugar de esas que sujetas abajo con tus dos pies y que se usan hoy en día en toda clase de talleres mecánicos. Situado en su ano había una pequeña válvula de un solo sentido, o cualquiera que sea el termino técnico correcto para describirla, como la válvula mitral de un corazón, que, una vez su cuerpo estaba inflado, permitía que más aire entrara pero que no saliera. Para desinflarla, uno destornillaba una boquilla en su boca, por detrás de la garganta.

Y esto, creo, es una descripción exhaustiva de la peculiaridades más notables de este ser. A menos que, quizás, deba mencionar la espléndida fila de dientes blancos que adornaba su boca y sus ojos oscuros que, a pesar de su inmovilidad, simulaban perfectamente la vida. ¿Dije simular? Por todos los cielos, ¡Simular no es la palabra! Ninguna parece ser la palabra, cuando uno estaba hablando de Caracas. Incluso esos ojos podían cambiar de color, por medio de un proceso especial que, al ser largo y agotador, Gogol rara vez recurría. Finalmente, debería hablar de su voz, la cual solo pude oír una vez. Pero no puedo hacer eso sin profundizar  en la relación entre esposo y esposa, y en esto ya no seré capaz de responder verdaderamente en todo o con absoluta certeza. En consciencia no podría; es tan confuso, el hecho en sí mismo y los recuerdos de lo que ahora tengo que contar.

Aquí, entonces, como me ocurrieron, están algunos de mis recuerdos.

La primera y, como dije, la última vez que oí a Caracas hablar a Nikolai Vassilevitch fue una mañana cuando estábamos solos. Estábamos en la habitación donde la mujer, si se me permite la expresión, vivía. La entrada a esta habitación estaba estrictamente prohibida para todos. Estaba amueblada más o menos de un modo oriental, no tenía ventanas, y estaba situada en la parte más inaccesible de la casa. Sí sabía que podía hablar, pero Gogol nunca me explico las circunstancias bajo la cuales esto pasaba. Estábamos, por supuesto, solo los dos, o los tres, ahí. Nikolai Vassilevitch y yo estábamos bebiendo vodka y discutiendo la novela de Butkov. Recuerdo que dejamos de hablar de ese tema, y él estaba hablando de la necesitad de reformas radicales en la ley de herencias. Casi nos habíamos olvidado de ella. Fue ahí que, con una voz ronca y sumisa, como Venus en el lecho nupcial, dijo sin mirar a nadie: “Quiero hacer popó.” Yo salté, pensando que había oído mal, y mira hacia ella. Ella estaba sentada en una pila de almohadas contra la pared; ese día ella era una delicada belleza rubia, más bien cubierta. Su expresión parecía una mezcla de suspicacia y sagacidad, inmadurez e irresponsabilidad. Y Gogol, él se sonrojo violentamente y luego salto sobre ella, metió dos dedos en su garganta. Ella empezó a encogerse y, debo admitirlo, volverse pálida; ella tomo una vez más ese aire que era suyo y al final se redujo a nada más que una piel blanda en un armazón. Además, por razones prácticas, las cuales pueden ser adivinadas, ella tenía una columna vertebral flexible, se doblaba casi en dos, y por el resto de la noche nos miraba desde el piso a donde se había deslizado, con una mirada de abyección. Todo lo que Gogol dijo fue que: “Ella sólo lo hace por bromear, o para molestarme; porque de hecho ella no tiene tales necesidades.” En presencia de otras personas, es decir yo, él generalmente la trataba con cierto desdén.

Seguinos bebiendo y hablando, pero Nikolai Vassilevitch parecía muy perturbado y ausente en espíritu. Una vez de repente interrumpió lo que decía, tomo mi mano con la suya, y rompió en lágrimas. “¿Qué puedo hacer ahora?” él exclamo. “¿Entiendes, Foma Paskalovitch, que la amo?” Es necesario señalar que era imposible, excepto por un milagro, repetir alguna de las formas de Caracas. Ella era, en resumidas cuentas, una creación nueva cada vez, y hubiese sido en vano tratar de buscar de nuevo las mismas proporciones exactas, la presión exacta, y así, de la antigua Caracas. Entonces la rubia en cuestión estaba perdida para Gogol de aquí en adelante para siempre; este fue de hecho un fin trágico para uno de esos pocos amores de Nikolai Vassilevitch, que describí arriba. Él no me dio ninguna explicación; él tristemente rechazo mis palabras de aliento y esa mañana nos retiramos temprano. Pero su corazón se había mostrado abiertamente a mí en ese arrebato. Ya no era tan reticente conmigo, y pronto ya casi no teníamos secretos entre nosotros. Y esto, digo esto entre paréntesis, me causo mucho orgullo.

Parece que al principio de su vida juntos las cosas habían ido bien para la “pareja”. Nikolai Vassilevitch había estado contento con Caracas, y dormían regularmente en la misma cama. Además, el continuaba con esta costumbre hasta el final, diciendo con una sonrisa tímida que no había compañera que pudiera ser más silenciosa o menos inoportuna que ella. Pero empecé a dudar de esto, especialmente juzgando el estado que tenía algunas veces después de levantarse. Después, pasados algunos años, su relación extrañamente empezó a deteriorarse.

Todo esto, déjenme decirlo de una vez por todas, no es más que un intento esquemático de una explicación. Más o menos por esa época la mujer empezó a mostrar signos de independencia o, un podría decir, de autonomía. Nikolai Vassilevitch tenía la extraña impresión de que ella estaba adquiriendo una personalidad propia, indescifrable quizás, pero distinta  de la suya, y una parecía resbalar de sus manos. Es cierto que había cierta continuidad con cada nueva apariencia; entre todas esas morenas, esas rubias, esas pelirrojas, entre las voluminosas, o las delgadas, había algo en común. Al principio de este capítulo hable sobre mis dudas sobre la idea de considerar a Caracas algo de una personalidad unitaria; sin embargo ni siquiera yo pude, cuando la veía, liberarme de la impresión de que, aunque parezca extraño, era la misma mujer. Y quizás ese sea el por qué Gogol siento que tenía que darle un nombre.

Un intento por establecer que era precisamente lo que subsistía como atributo común en las diferentes formas seria otra cosa. Quizás no era más ni menos que la inspiración creativa de Nikolai Vassilevitch. Pero no, hubiese sido algo muy singular y extraño si hubiese partido de sí mismo, algo muy aversivo a sí mismo. Porque, digámoslo de una vez, quien sea que ella era de hecho una presencia perturbadora e incluso, es mejor ser claros, una hostil. A pesar de eso, ni Gogol ni yo tuvimos éxito en formular una hipótesis satisfactoria sobre su verdadera naturaleza; cuando digo formular, me refiero a explicarla en términos que sean a la vez racionales y accesibles para todos. Pero no puedo omitir el extraordinario evento que ocurrió aquella vez.

Caracas cayó enferma de una vergonzosa enfermedad; o más bien, Gogol; y él no había tenido, o alguna vez tuvo, algún contacto con otra mujer. No trataré de describir como paso esto, o de donde vino la vergonzosa complicación; todo lo que sé es que paso. Y que mi gran e infeliz amigo me dijo “Entonces, Foma Paskalovitch, ves que yace en el corazón de Caracas; era el espíritu de la sífilis” Algunas veces él se culparía a si mismo de una forma muy absurda; siempre tenía una tendencia a la autoacusación. Este incidente era sobre todo una gran catástrofe en lo que se refiera a la oscura relación entre esposo y esposa, y los sentimientos hostiles de Nikolai Vassilevitch empezaron a crecer. Tuvo que pasar por un tratamiento largo y doloroso –el tratamiento en esos días- y la situación se agravo por el hecho de que la enfermedad en la mujer no parecía fácil de curar. Debo agregar que Gogol se engañaba a sí mismo, inflando y desinflando a su esposa y cambiando varias partes de su aspecto, pensando que podría obtener a una mujer inmune al contagio, pero tuvo de desistir cuando no obtuvo resultados.

Debo ser breve, no deseo agotar a mis lectores, y porque lo que recuerdo parece ser más y más confuso. Deberé apresurarme a la conclusión trágica. Con relación a esto último, sin embargo, que no hayan equivocaciones. Debo aclarar una vez más que estoy seguro de lo que digo. Fui testigo ocular. Eso es seguro.

Los años pasaban. El disgusto que Nikolai Vassilevitch sentía hacia su esposa crecía, aunque su amor por ella no daba signos de disminuir. Al final, la aversión y el apego lucharon tan fieramente una con el otra en su corazón que estaba profundamente afectado, casi partido a la mitad. Sus ojos inquietos, que habitualmente asumían todo tipo de expresiones y algunas veces hablaban dulcemente al corazón del interlocutor, ahora, casi siempre mostraban un tono febril, como si estuvieran bajo efectos de una droga. Los impulsos más extraños se despertaban en él acompañados por las fobias irracionales. Él me hablaba de Caracas más y más seguido, acusándola de cosas impensables y sorprendentes. En estas cosas no podía seguirlo, porque conocía de manera superficial a su esposa y casi ninguna intimidad, o ninguna en absoluto: y sobre todo porque mi sensibilidad era tan limitada comparada con la suya. Ahora voy a limitarme a reportar algunas de sus acusaciones, sin referirme a mis impresiones personales.

“Créelo o no, Foma Paskalovitch” él, por ejemplo, me diría: “¡Créelo o no, ella está envejeciendo!” Entonces, inexplicablemente conmovido, él, como lo hacía siempre, tomaría mis manos con las suyas. El también acuso a Caracas de dedicarse a los placeres solitarios, algo que él le había prohibido expresamente. Incluso fue tan lejos que la acuso de engañarlo, pero las cosas que dijo son tan oscuras que debo excusarme de seguir dando cuenta de ellas.

Una cosa que parece cierta es que hacia el fin de Caracas, hubiese envejecido o no, se había vuelto una creatura amargada, querellosa, hipócrita, y sujeta a exceso religioso. No excluyo la posibilidad de que ella haya tenido una influencia en la posición moral de Gogol en el último periodo de su vida, una posición que es suficientemente conocida. En cualquier caso, el trágico clímax vino una noche de manera inesperada cuando Nikolai Vassilevitch y yo estábamos celebrando sus bodas de plata; una de las últimas noches que pasaríamos juntos. No puedo ni debería intentar explicar  lo que llevo a esa decisión, en un momento en que bajo todas las apariencias él se había resignado a tolerar a su consorte. No sé qué nuevos eventos habían tomado lugar ese día. Debo limitarme a los hechos; mis lectores deberán sacar de ellos lo que puedan.

Esa noche Nikolai Vassilevitch estaba inusualmente agitado. Su disgusto frente a Caracas parecía haber alcanzado una intensidad sin precedentes. Su famosa “pira de vanidades”-es decir, la quema de sus manuscritos- ya había tenido lugar; No debería decir si por instigación o no de su esposa. Su estado mental estaba exaltado por otras causas. Con relación a su condición física; eso era todavía más triste, y fortalecía mi impresión de que él tomaba drogas. Como sea, empezó a hablar en un modo más o menos normal sobre Belinsky, quien estaba dándole problemas con sus ataques en Correspondencia Selecta. De repente, vi lágrimas en sus ojos, se interrumpió y grito: “No. No. Es demasiado, demasiado. Ya no puedo soportarlo más,” y también otras frases oscuras y desconectadas que no aclaro. Parecía, además, que hablaba consigo mismo. Se frotaba las manos, agitaba su cabeza, se levantó y se sentó de nuevo después de dar unos cuatro o cinco pasos alrededor de la habitación. Cuando Caracas apareció, o más bien cuando fuimos después de entrada la noche a su habitación oriental, él no se controló más y empezó a comportarse como un hombre viejo, si puedo expresarlo así, como en su segunda niñez, dejándose llevar por sus impulsos absurdos. Por ejemplo, él me empujaba y repetía sin sentido: “¡Ahí está, Foma Paskalovitch; allá está!” Mientras tanto ella parecía mirarnos con una atención desdeñosa. Pero detrás de esos “manerismos” uno podía sentir una repugnancia real, una repugnancia que, supongo, había cruzado los límites de lo soportable. Así es…

Después de cierto tiempo Nikolai Vassilevitch pareció juntar valor. Derramo lágrimas, pero por alguna razón parecían lágrimas más masculinas. Se sacudió las manos de nuevo, tomo la mía, caminaba de arriba abajo murmurando: “¡Es suficiente! No podemos tener más de esto. Nunca se ha visto tal cosa. ¿Cómo puede estar pasándome esto? ¿Cómo se supone que pueda soportar esto? y así continuaba. Entonces empezó a saltar furiosamente sobre la bomba, cuya existencia parecía haber recordado de repente, y,  con la bomba en su mano,  corrió como un remolino hacia Caracas. Inserto el tubo en su ano y empezó a inflarla…. Llorando un rato, grito como un poseído: “¡Oh, como la ame, como la ame, mi pobre, pobre querida!… ¡pero ella va a estallar! ¡Infeliz Caracas, la más patética entre las creaturas de Dios! ¡Pero morir debe!” y así, alternando una con otra.

Caracas se hincho. Nikolai Vassilevitch sudaba, lloraba y bombeaba. Deseaba detenerlo pero, no sé porque, no tenía valor. Ella empezó a volverse deforme, y pronto asumió un aspecto monstruoso; y aun así no mostraba signos de alarma, ella estaba acostumbrada a estas bromas. Pero cuando ella empezó a sentirse insoportablemente llena, o quizás fue cuando las intenciones de Nikolai Vassilevitch se volvieron claras, ella tomo la expresión de, debo decir, sorpresa bestial, incluso un poco suplicante, pero sin perder su mirada de desdén. Ella tenía miedo, incluso estaba refugiándose en su misericordia, pero aun así ella no podía creer en su inmediato destino, no podía creer en la escalofriante audacia de su esposo. Él, además, no podía ver su rostro porque estaba detrás de ella. Pero yo la miré con fascinación, y no moví ni un dedo. Al final la presión interna paso a través de sus huesos frágiles en la base del cráneo, e imprimió en su cara un inexplicable rictus. Su ombligo, sus pantorrillas, sus caderas, sus pechos, y lo que pude ver de sus nalgas estaban hinchados a increíbles proporciones. De pronto eructo, y dio un largo y siseado gemido; ambos de estos fenómenos podrían ser, si uno quisiera, explicados por el arriba mencionado incremento en la presión, que había forzado su camino hasta la válvula en su garganta. Por ultimo sus ojos estaban hinchados, amenazando en salirse de sus orbitas. Sus costillas estaban separadas a lo ancho y ya no estaban adheridas al esternón, en este punto ella tenía una apariencia similar a una pitón cuando esta digiere a un burro. ¿Dije un burro? ¡Un buey! ¡O un elefante! Llegado a este punto creí que ya estaba muerta, pero Nikolai Vassilevitch, sudaba, lloraba y repetía: “¡Mi querida! ¡Mi amada!” y continuaba bombeando.

Y de repente exploto, de forma uniforme, es decir, que no había una parte de su piel que haya explotado y el resto la haya seguido, en cambio toda la superficie lo hizo el mismo instante. Voló por los aires. Las piezas caían más o menos a la misma velocidad, según su tamaño, el cual no era en ningún caso superior a un promedio. Recuerdo nítidamente una parte de su mejilla, con algo del labio adherido, colgando en la esquina del mantel. Nikolai Vassilevitch me miro como un loco. Trato de recobrar la calma, y una vez más con una furiosa determinación, empezó a recoger esos tristes pedazos que alguna vez habían sido la piel de Caracas y el resto de lo que quedaba de ella. “Adiós, Caracas,” Creí que lo oí murmurar; “¡Adiós, eras muy patética!” Y de repente y de manera bastante audible: “¡El fuego!, ¡el fuego! Ella también debe terminar en el fuego.” Se persigno, con su mano izquierda, por supuesto. Entonces, cuando ya había recogido esos pedazos, incluso trepándose a algunos muebles para no dejar ninguno, los tiro directo al corazón del fuego, donde empezó a quemarse lentamente, con un olor excesivamente desagradable. Nikolai Vassilevitch, como todos los rusos, tenía una pasión por tirar cosas importantes al fuego.

Él, con la cara sonrojada, con una inexpresable mirada de desesperación y a la vez una mirada de triunfo siniestro, miraba la pira con esos miserables restos. Tomo mi brazo y lo presionaba compulsivamente. Pero esos restos de lo que alguna vez fue un ser parecieron devolverle algo de cordura, como si de pronto recordara algo o tomara un dolorosa decisión. En un instante salió de la habitación. Unos segundos después lo oí hablarme a través de la puerta en una voz plana y entrecortada: “Foma Paskalovitch, quiero que prometas no mirar. Golubchik promete no mirarme cuando entré.” No sé qué conteste o si trate de reconfortarlo de algún modo. Pero el insistió, y tuve que prometer que colocaría mi rostro contra la pared y solo voltearía cuando él me dijera, como si fuéramos niños. El doctor entonces abrió la puerta violentamente y Nikolai Vassilevitch corrió en la habitación hacia la chimenea.

Y aquí debo confesar mi debilidad, aunque la considero justificada por las circunstancias extraordinarias. Mire alrededor antes de que Nikolai Vassilevitch me dijera que podía; eso era más fuerte que yo. Y fue justo a tiempo para verlo cargar algo en brazos, algo que arrojo al fuego con los restos, y que de repente avivo el fuego. Entonces, como el deseo de ver había dominado cualquier otro deseo en mí, corrí hacia la chimenea. Pero Nikolai Vassilevitch se colocó en medio y me empujo con una fuerza de la que no le creí capaz. Mientras tanto el objeto se quemaba y salía una columna de humo. Y antes de que é mostrará signos de haberse calmado ya no había nada más que un montón de cenizas silenciosas.

De hecho, la verdadera razón por la que desee ver era porque ya había echado un vistazo. Pero solo un vistazo, y quizás no debería permitirme introducir ni siquiera el más pequeño elemento de incertidumbre en esta historia verdadera. Y aun así, un testimonio ocular de estos eventos no está completo sin la mención de todo lo que el testigo sabe incluyendo aquello  de lo que no tiene completa certeza. Para resumir, ese algo era un bebé. No de carne y hueso, por supuesto, sino algo parecido a un muñeco de goma. Algo, en resumen, que podríamos juzgar por su apariencia, como el hijo de Caracas.

¿Estaba loco yo también? Eso no lo sé, pero lo que sé es que eso es lo que vi, no claramente, pero con mis propios ojos. Y me pregunto porque fue que mientras estaba escribiendo esto, justo ahora, no mencione que cuando Nikolai Vassilevitch volvía de su habitación el murmurba algo entre sus dientes: “¡Él también! ¡Él también!”.

Y esto es todo lo que sé sobre la esposa de Nikolai Vassilevitch. En el próximo capítulo narraré lo que le paso después, y ese será el último capítulo de su vida. Pero para dar una interpretación de sus sentimientos hacia su esposa, o hacia todo lo demás, es otra tarea más difícil, aunque lo he intentado en otra parte de este volumen, y referiré al lector a ese modesto esfuerzo. Espero haber arrojado suficiente luz a la cuestión más controversial y de la que ya he develado del misterio, si bien no sobre Gogol, si sobre su esposa. En el transcurso de este escrito he, implícitamente, desmentido la insensata acusación de que él maltrataba o incluso golpeaba a su esposa, al igual que otras absurdeces. ¿Y cuál otra puede ser la meta de un humilde biógrafo que servir la memoria de este genio elevado del que es objeto nuestro estudio?


Columna

Toda persona completa tiene ambiciones, objetivos, iniciativas y metas. Y la meta de aquel chico en concreto era ser capaz de darse un beso en cada centímetro cuadrado de su propio cuerpo. Los brazos hasta los hombros y la mayor parte de las piernas por debajo de las rodillas eran pan comido. Más allá de estas áreas de su cuerpo, sin embargo, la dificultad subía tan en picado como un acantilado. El chico fue consciente de los desafíos inimaginables que tenía por delante. Tenía seis años. Hay poco que decir sobre el ánimo original o «causa motriz» del deseo que tenía el chico de besarse hasta el último centímetro cuadrado del cuerpo. Un día estaba enfermo en casa con asma, una mañana lluviosa y relajada, hojeando al parecer unos materiales promocionales de su padre. Algunos de estos sobrevivieron al incendio que se produciría más adelante. Se creía que el asma del chico era congénita.

El área exterior de su pie que quedaba por debajo y alrededor del maléolo lateral fue la primera que requirió cierta contorsión seria. (Durante aquella época el chico consideraba el maléolo lateral como aquel bulto raro que tenía en el tobillo.) La estrategia, tal como él la entendía, era colocarse sobre la alfombra de su dormitorio, con la parte interior de la rodilla en el suelo y la pantorrilla y el pie lo más cerca que pudiera ponerlos de un ángulo de noventa grados perfecto. Luego tenía que inclinarse a un lado tanto como pudiera, doblándose por encima del tobillo extendido y de la parte exterior del pie, efectuando una rotación del cuerpo hacia fuera y hacia abajo y estirándose con los labios completamente proyectados hacia fuera (por aquella época la idea que tenía el chico de proyectar los labios del todo consistía en ese mohín exagerado que representaba los besos en los tebeos infantiles) hacia una sección del exterior del pie que había marcado con una diana de tinta soluble, luchando por respirar a pesar de la presión dextrorotada de sus costillas, y así se fue estirando más y más hacia el costado a primera hora de aquella mañana hasta que oyó un chasquido seco en la parte superior de la espalda y sintió un dolor inimaginable entre el omóplato y la espina dorsal. El chico no lloró ni chilló, sino que se limitó a quedarse sentado en silencio en aquella postura torturada hasta que, como no bajaba a desayunar, su padre acabó subiendo a la puerta de su dormitorio. El dolor y la disnea resultante impidieron al chico ir a la escuela durante más de un mes. Imposible imaginar qué debió de pensar su padre de una lesión como aquella en un niño de seis años.

La quiropráctica del padre, la doctora Kathy, pudo aliviar los peores síntomas inmediatos. Y lo que es más importante, fue la doctora Kathy quien introdujo al chico en los conceptos de la espina dorsal como microcosmos y de la higiene espinal y de los ecos posturales y del incrementalismo en la flexión. La doctora olía un poco a hinojo y parecía una persona completamente abierta y disponible y amable. El niño se tumbaba boca abajo sobre una mesa alta y acolchada y colocaba la barbilla en una pequeña coquilla. Ella le manipulaba la cabeza, muy suavemente pero de una forma que parecía provocarle efectos por toda la espalda. La doctora tenía las manos muy fuertes y suaves, y cuando le palpaba la espalda al chico le daba la impresión de que ella le estaba haciendo preguntas a la espalda y respondiéndolas al mismo tiempo. En la pared tenía diagramas que mostraban vistas seccionadas de la espina dorsal humana y de los músculos y las fascias y los haces de nervios que rodeaban la espina dorsal y estaban conectados a ella. No había piruletas a la vista por ninguna parte. Los ejercicios de estiramientos específicos que la doctora Kathy le prescribía al chico estaban orientados al esplenio de la cabeza, al largo del cuello y a los haces profundos de nervios y músculos que rodeaban las vértebras T2 y T3 del chico, que eran las que se había lesionado. La doctora Kathy llevaba las gafas de leer colgadas de un collar y tenía un jersey verde con botones que parecía confeccionado en su totalidad a base de polen. Se le notaba que hablaba con todo el mundo de la misma manera. Le dio instrucciones al chico para que hiciera aquellos ejercicios de estiramiento todos los días sin falta y para que no dejara que ni el aburrimiento ni un alivio de la sintomatología le impidieran llevar a cabo los ejercicios de rehabilitación de forma disciplinada. Le explicó que la meta a largo plazo no era el alivio de la incomodidad presente, sino la higiene neurológica y la salud y una integridad de cuerpo y mente que un día iba a agradecer muchísimo. Al padre del chico la doctora Kathy le recetó un laxante de hierbas.

Así es como la doctora Kathy introdujo formalmente al chico en los estiramientos por incrementos y en las ideas adultas de llevar una disciplina diaria y discreta y avanzar hacia una  meta  situada  a  largo  plazo. Aquello  resultó  ser  fortuito.  Durante  las  cinco  semanas  que  se  pasó  incapacitado  con  una  vértebra  T3  subluxada  —sufriendo  a  menudo  una incomodidad tal que ni siquiera su inhalador podía aliviarle el asma que le entraba cada vez que experimentaba dolor o molestias— el infantil entusiasmo atolondrado del chico dejó paso a la conciencia de que su objetivo de besarse hasta el último centímetro cuadrado del cuerpo iba a requerir un esfuerzo máximo, una disciplina y un compromiso sostenido durante unos periodos de tiempo que por entonces él (debido a su edad) no se podía ni imaginar.

Una cosa que la doctora Kathy se había molestado en mostrarle al chico era un modelo vertical en 3D de una columna vertebral humana que no había sido cuidada de ninguna manera real ni significativa. Se veía oscura, atrofiada, necrótica y triste. Tenía los tubérculos y los tejidos blandos inflamados, y los anillos fibrosos de sus discos eran del mismo color que los dientes en mal estado. En la pared de detrás de aquel modelo había una placa o letrero escrito a mano que explicaba los que a la doctora Kathy le gustaba decir que eran los dos tipos distintos de pagos que se podían hacer por la columna vertebral y sus nervios asociados, y que eran el de «ahora» y el de «después».

La mayoría de los contorsionistas profesionales en realidad no son más que personas que han nacido con problemas atróficos/distróficos congénitos de los rectos mayores, o bien con una flexión lordótica aguda de la espina lumbar, o con ambas cosas. La mayoría presentan signo de Chvostek u otras formas de espasticidad ipsilateral. De manera que su «arte» requiere muy poco esfuerzo o aplicación. En 1932 un grupo de académicos británicos que estudiaban el misticismo tamil dieron noticia de una mujer preadolescente de Ceilán que era capaz de introducirse en la boca y por el esófago los dos brazos hasta el hombro, una pierna hasta la entrepierna y la otra hasta por encima de la rótula, y de esa manera podía girar sin ayuda de nadie sobre la rodilla que le sobresalía de la boca a velocidades que excedían las 300 rpm. El fenómeno de la suifagia (es decir, el «tragarse a uno mismo») ha sido identificado posteriormente como una forma rara de malacia por inanición, en la mayoría de los casos causada por deficiencias de cadmio y/o de zinc.

Solo la parte del interior de los muslos del chico que iba hasta la bifurcación media de su entrepierna requirió meses de preparación, horas enteras cada día con las piernas cruzadas y encorvado, estirando lentamente y a base de incrementos las largas fascias verticales de su espalda y cuello, el músculo espinoso torácico y el elevador de la escápula, el iliocostal lumbar hasta el sacro, y los densos e intransigentes grácil, pectíneo y aductor largo del interior del muslo, que se fusionan por debajo del triángulo de Scarpa y transmiten un dolor espantoso a través del pubis cada vez que se excede su espectro de flexibilidad. Si alguien lo hubiera visto durante aquellas sesiones de dos y tres horas, juntando las plantas de los pies y metiéndolas hacia dentro para entrenar el pectíneo, meciéndose ligeramente y después manteniendo una inclinación pronunciada con las piernas cruzadas para trabajar la larga y tensa cubierta de fascias torácico-lumbares que le conectaban la pelvis con las costillas dorsales, a ese alguien le habría parecido que el chico estaba rezando, o bien catatónico, o ambas cosas.

En cuanto se alcanzó los objetivos del frente de los muslos y se los tocó con un labio o bien con ambos, las porciones superiores de los genitales resultaron sencillas, y se dedicó a besarlos con los labios protuberantes y a pasar por ellos mientras concebía ya los planes para el hueso ilíaco y las nalgas exteriores. Después de esos logros vendrían las contorsiones más difíciles y duras para el cuello que le iban a hacer falta para alcanzarse las nalgas interiores, el perineo y el extremo superior de la entrepierna.

El chico había cumplido siete años.

El lugar especial donde perseguía su extraño pero ahora maduro objetivo era su habitación, que tenía un motivo selvático repetitivo en el papel de las paredes. La ventana de la habitación, situada en la segunda planta, ofrecía una vista del árbol del jardín de atrás. Dependiendo de la hora del día, la luz del sol atravesaba el árbol en distintos ángulos e intensidades e iluminaba distintas partes del chico mientras este permanecía de pie, sentado, inclinado o tumbado sobre la alfombra de la habitación, estirándose y manteniendo las posturas. La alfombra de su dormitorio era de pelo blanco y tenía un aspecto peludo y polar que a su padre le parecía que no quedaba bien con el patrón repetido de tigres, cebras, leones y palmeras de las paredes; el padre, sin embargo, se guardaba su opinión para sí mismo.

El aumento radical del espectro de protuberancia de los labios requiere el ejercicio sistemático de toda una serie de fascias maxilares, entre ellas el depresor del séptum, el orbicular de los labios, el depresor del ángulo de la boca, el depresor del labio inferior y los grupos buccinador, orbicular de la boca y risorio. Los músculos cigomáticos entran en juego  de  forma  superficial.  Ejercicio: Atar  un  cordel  a  un  botón  Wetherly  de  por  lo  menos  tres  centímetros  y  medio  de  diámetro  que  has  cogido  prestado  del  segundo  mejor impermeable de tu padre; colocarte el botón por encima de los incisivos superiores e inferiores y cubrirlo con los labios; sostener el cordel completamente extendido a noventa grados respecto al plano de la cara y tirar de él aumentando gradualmente la tensión y usando los labios para refrenar el tirón; sostener durante veinte segundos; repetir; repetir.

A veces su padre se sentaba en el suelo del otro lado de la puerta del dormitorio del chico, con la espalda pegada a la puerta. No está claro si el chico lo oyó alguna vez intentando escuchar los movimientos del interior de la habitación, aunque a veces la madera de la puerta emitía un chirrido cuando el padre se sentaba contra ella, o bien cuando se volvía a poner de pie en el pasillo, o cuando cambiaba de postura sentado contra la puerta. El chico se pasaba allí dentro periodos extraordinarios de tiempo, haciendo estiramientos y aguantando las posiciones contorsionadas. El padre era un hombre un poco nervioso, provisto de unos modales apresurados e inquietos que siempre le daban cierto aire de estar a punto de marcharse. Tenía una abundante actividad empresarial y la mayor parte del tiempo estaba viajando. Su lugar en el álbum mental de la mayoría de la gente era provisional, con una especie de línea de puntos a su alrededor: la imagen de alguien que hacía un comentario amigable por encima del hombro mientras se disponía a salir. La mayoría de sus clientes encontraban que el padre los ponía incómodos. Cuando era más eficaz era por teléfono.

A los ocho años de edad, la meta a largo plazo del chico estaba empezando a afectar a su desarrollo físico. Sus maestros señalaron cambios en su postura y en su forma de andar. La sonrisa del chico, que ahora ya parecía constante por culpa de los efectos de la hipertrofia circunlabial en la musculatura circunmoral, también se veía rara, rígida y demasiado ancha, y según la evaluación verbal de un empleado de la limpieza, no se parecía a «nada que yo me haya echado a la cara».

Datos: El estigmatista italiano Padre Pío exhibió durante toda su vida una serie de heridas sin sangre que le atravesaban la mano izquierda y ambos pies por el centro. Santa Verónica Giuliani de Umbría presentaba una serie de heridas en una mano y también en el costado que se podía observar que se abrían y se cerraban siguiendo sus órdenes. La santa del siglo XVIII Giovanna Solimani permitía que los peregrinos le introdujeran unas llaves especiales en las heridas de las manos y que las giraran, supuestamente facilitando de esa manera que aquellos clientes suyos se recuperaran de la desesperación racionalista.

De acuerdo tanto con san Buenaventura como con Tomás de Celano, los estigmas de las manos de san Francisco de Asís incluían masas baculiformes de algo que parecía ser carne negra y endurecida que sobresalía de ambas superficies volares. En caso de aplicarse presión al supuesto «clavo» de una de sus manos, un palo de carne negra y endurecida le asomaba inmediatamente del dorso de la mano, exactamente igual que si un supuesto «clavo» real le estuviera atravesando la mano.

Y sin embargo (dato): las manos carecen de la masa anatómica necesaria para soportar el peso de un humano adulto. Tanto los textos legales romanos como los exámenes modernos de esqueletos del siglo I confirman que la crucifixión clásica requería que los clavos atravesaran las muñecas del sujeto, no sus manos. De ahí la «verdad y la falsedadnecesariamente simultáneas de los estigmas» que el teólogo existencial E. M. Cioran explica en su libro de 1937 Lacrimi si sfinti, la misma monografía en que se refiere al corazón humano como «la herida abierta de Dios».

Solo las zonas del abdomen del chico que iban del ombligo al cartílago xifoides de la hendidura de las costillas ocuparon diecinueve meses de estiramientos y ejercicios posturales, los más extremos de los cuales debieron de ser muy, pero muy dolorosos. En aquella fase, los avances nuevos en materia de flexibilidad eran sutiles hasta el punto de no poderse detectar sin la ayuda de unos registros diarios extremadamente precisos. Ciertos límites de tensión de los ligamentos amarillos, capsulares y de proceso eran forzados de manera suave pero persistente, a medida que el chico iba pegando la barbilla al pecho (que estaba lleno de flechas y líneas de puntos trazadas con tinta soluble), a la altura de la mitad del esternón, y luego descendiendo de forma gradual —un milímetro, a veces uno y medio al día— y sosteniendo aquella postura catatónica y/o meditativa durante una hora o más.

En verano, durante aquellas rutinas de primera hora de la mañana, el árbol que había delante de la ventana del chico se llenaba de zanates y del ajetreo de estos yendo y viniendo; más tarde, cuando salía el sol, el árbol se llenaba de los graznidos ásperos y lacerantes de las aves, que mientras el chico permanecía sentado con las piernas cruzadas y la barbilla pegada al pecho sonaban a través del cristal de la ventana como si fueran tornillos oxidados al girar, o como algo complejamente trabado que se soltaba con un chirrido. Más allá del árbol de la fachada sur estaban los tejados en escorzo de las casas del vecindario y la boca de incendios y el letrero con el nombre de la calle que cruzaba y los cuarenta y ocho tejados idénticos de una urbanización para gente con ingresos bajos que había al otro lado de la calle que cruzaba, y al otro lado de dicha urbanización, en el mismo horizonte, los bordes de los verdes campos de maíz que empezaban en los mismos límites de la ciudad. A finales de verano el verde de los campos era más amarillento, mientras que en otoño no quedaba más que un triste rastrojo y en invierno la tierra desnuda de los campos ya no se parecía a nada más que lo que era.

En su escuela primaria, donde el chico tenía una conducta ejemplar y hacía sus deberes y sus progresos se registraban en el ápice central de todas las curvas relevantes, era, entre sus compañeros de clase, una de esas figuras sociales tan marginales que ni siquiera nadie se metía con él. Ya en tercero de primaria, el chico había empezado a desarrollar rasgos físicos inusuales como resultado del compromiso con su objetivo; aun así, había algo en su aspecto o en su porte que conseguía colocarlo fuera de los límites de la crueldad del patio de la escuela. El chico cumplía con las normas de la clase y se comportaba de forma satisfactoria en el trabajo de grupo. Las evaluaciones escritas de su socialización ni siquiera describían al chico como retraído o altivo, sino como «tranquilo», «provisto de una pose poco habitual» y «contenido en sí mismo» [sic]. El chico no causaba ni problemas ni alegrías y casi nadie se fijaba en él. No se sabe si esto lo preocupaba. La enorme mayoría de su tiempo, energía y atención pertenecían a su objetivo a largo plazo y a las disciplinas diarias que este implicaba.

Tampoco se estableció con exactitud por qué aquel chico perseguía la meta de ser capaz de besarse hasta el último centímetro cuadrado de su cuerpo. Ni siquiera está claro si él consideraba aquella meta un «logro» en ningún sentido convencional. A diferencia de su padre, no leía a Ripley y tampoco había oído hablar de los hermanos McWhirter; estaba claro que no era ninguna clase de ardid. Ni tampoco un acto de evasión de sí mismo; esto está verificado; el chico no tenía ningún deseo consciente de «trascender» nada. Si alguien le hubiera preguntado, el chico únicamente habría dicho que había decidido besarse hasta el último micrómetro de su cuerpo individual. No habría sido capaz de decir más que eso. Las ideas o nociones tanto de su propia «inaccesibilidad» física para sí mismo (puesto que todos somos inaccesibles para nosotros mismos y podemos, por ejemplo, tocar partes ajenas de una manera en que no podríamos ni soñar con tocar las partes equivalentes de nuestros propios cuerpos) como de lo que parecía ser su determinación completa de atravesar aquel velo de inaccesibilidad —de ser, en cierta forma infantil, autocontenido y autosuficiente—, eran cosas que estaban más allá de su conciencia. Al fin y al cabo, no era más que un niño.

Sus labios tocaron las aureolas superiores de sus pezones izquierdo y derecho en el otoño de su noveno año de vida. Para entonces ya tenía unos labios marcadamente grandes y protuberantes; una parte de su disciplina diaria consistía en realizar tediosos ejercicios con botones y cordeles destinados a promover la hipertrofia de los músculos orbiculares. A menudo era su capacidad para extender los labios fruncidos hasta los 10,4 centímetros lo que había marcado la diferencia entre alcanzar una parte de su tórax o no. También habían sido los músculos orbiculares, más que ningún avance notable en material de flexión vertebral, lo que le había permitido alcanzar antes de cumplir los nueve años las partes traseras del escroto y ciertas porciones sustanciales de esa piel con textura de papel que rodea el ano. Aquellas zonas habían sido tocadas, señaladas en el diagrama de cuatro lados que tenía dentro de su libro de contabilidad personal, y a continuación lavadas para quitarles la tinta y olvidadas. El chico tenía tendencia a olvidarse de todos y cada uno de los sitios en cuanto los había besado, como si el establecimiento de su accesibilidad hiciera que el lugar dejara de parecerle real y a partir de ese momento en cierta manera solamente «existiera» en su diagrama de cuatro lados.

En su undécimo año de vida, sin embargo, seguían resultándole total y exquisitamente reales las partes de su tronco a las que todavía no había intentado acceder: las zonas de su pecho situadas por encima del pectoral menor y de la parte baja de la garganta entre la clavícula y la parte alta del platisma, así como las lisas e interminables llanuras y extensiones de la espalda (excluyendo partes laterales del trapecio y del deltoide trasero, que ya había alcanzado a los ocho años y medio) que le quedaban por encima de las nalgas.

Cuatro médicos distintos, todos ellos certificados y con licencia, testificaron al parecer que los estigmas de la mística bávara Therese Neumann  comprendían  estructuras dermales corticadas que le atravesaban la parte central de ambas manos. La capacidad que además tenía Therese Neumann para la inedia la atestiguaron por escrito cuatro monjas franciscanas que la estuvieron atendiendo por turnos rotatorios desde 1927 hasta 1962 y que confirmaron que Therese había vivido durante casi treinta y cinco años sin comida y sin líquidos de ninguna clase; la única vez que se registró que fuera de vientre (el 12 de marzo de 1928), un análisis de laboratorio determinó que su deposición solamente contenía mucosidad y bilis empireumática.

Un hombre santo bengalí al que sus seguidores conocían como «Prahansatha Segundo» atravesaba periodos de cantos meditativos en los que los ojos se le salían de las cuencas y ascendían hasta flotarle por encima de la cabeza, conectados únicamente por sus cordones de duramadre, y a continuación emprendían (los ojos flotantes) una serie de movimientos rotatorios rítmicamente estilizados que los testigos occidentales explicaron que evocaban Shivas danzarinas de cuatro caras, serpientes encantadas, hélices genéticas entrelazadas, las órbitas contrapuestas en forma de ocho inclinado que trazan la Vía Láctea y la galaxia de Andrómeda alrededor la una de la otra en el perímetro del Grupo Local de galaxias, o bien las cuatro cosas (supuestamente) al mismo tiempo.

Los estudios de la algesia humana han establecido que las estructuras músculo-esqueléticas más sensibles a la estimulación dolorosa son: el periostio y las cápsulas articulares.

Los tendones, los ligamentos y los huesos subcondrales están clasificados como significativamente sensibles al dolor, mientras que la sensibilidad del músculo y del hueso cortical se ha establecido como moderada y la del cartílago articular y fibrocartílago como leve.

El  dolor  es  una  experiencia  completamente  subjetiva  y  por  consiguiente  «inaccesible»  en  tanto  que  objeto  de  diagnóstico.  Las  consideraciones  relativas  a  los  tipos  de personalidad también complican la evaluación. Como regla general, sin embargo, la conducta observada del paciente con dolor puede ofrecer una medida de a) la intensidad del dolor y b) la capacidad del paciente para lidiar con él.

Entre las falacias comunes sobre el dolor se cuentan las siguientes:

• La gente que tiene una enfermedad crítica o heridas graves siempre experimenta un dolor intenso.

• Cuanto mayor es el dolor, mayor es el alcance y la gravedad de los daños.

• El dolor fuerte y crónico es síntoma de enfermedad incurable.

De hecho, los pacientes que tienen enfermedades críticas o heridas graves no experimentan necesariamente un dolor intenso. La intensidad observada del dolor tampoco es directamente proporcional al alcance ni la gravedad de los daños; la relación entre ambas cosas también depende de si los «itinerarios del dolor» del sistema espino-talámico anterolateral están intactos y funcionan dentro de las normas establecidas. Además, la personalidad de un paciente neurótico puede acentuar la sensación de dolor, mientras que una personalidad estoica o resistente puede reducir la intensidad con que esta se percibe.

Nadie se lo preguntó nunca. Su padre solo creía que tenía un niño excéntrico pero muy ágil y flexible, un niño que se había tomado a pecho las homilías de Kathy Kessinger sobre la higiene espinal, de esa manera en que algunos niños se toman a pecho las cosas, y ahora se pasaba un montón de tiempo flexionando el cuerpo y haciendo ejercicios de elasticidad, lo cual, teniendo en cuenta el extraño mundo emocional de los niños, era preferible a muchas otras fijaciones desganadas o nocivas que se le ocurrían al padre. El padre, un empresario que vendía cintas motivacionales por correo, trabajaba en un despacho que tenía en casa, pero a menudo se ausentaba para asistir a seminarios y a misteriosas visitas comerciales nocturnas. La casa familiar, que daba al oeste, era alta y esbelta y tenía un diseño moderno; parecía una mitad de una casa adosada a la que le hubieran extirpado de repente la otra mitad. Tenía revestimiento exterior de aluminio de color oliva y estaba en un callejón sin salida en cuyo extremo norte había una puerta lateral que daba al tercer cementerio más grande del condado, que tenía su nombre escrito con hierro forjado por encima de la entrada principal pero no de aquella puerta lateral. La palabra que le venía a la cabeza al padre cuando pensaba en el chico era: «diligente», algo que sorprendía al hombre, puesto que era una palabra bastante anticuada, y no tenía ni idea de por qué se le ocurría aquella palabra cuando se imaginaba al chico allí dentro, desde el otro lado de la puerta.

La doctora Kathy, que a veces visitaba al chico para hacerle ajustes profilácticos de las vértebras torácicas, las facetas y los ramos anteriores, y que no era ninguna chiflada ni tampoco una charlatana que trabajaba en un despacho de un centro comercial, sino simplemente una doctora en quiropráctica que creía en la danza interpenetrante de la espina dorsal, el sistema nervioso, el espíritu y la totalidad del cosmos… en el universo como sistema infinito de conexiones neurales que había evolucionado, en su punto álgido, hasta convertirse en un organismo capaz de tener una conciencia tanto de sí mismo como del universo simultáneamente, de manera que el sistema nervioso humano se convertía en la forma que tenía el universo de ser consciente de sí mismo y por tanto de ser «accesible para» sí mismo… la doctora Kathy, en suma, creía que su paciente era un chico muy callado y dirigido hacia su propio interior que había reaccionado a una subluxación traumática de la T3 generando un compromiso con la higiene espinal y con la integridad neuroespiritual que muy bien podría señalar una vocación que lo llevara a hacer carrera en la quiropráctica. Había sido ella quien le había regalado al chico sus primeros manuales de estiramientos, relativamente simples, así como las copias de los famosos diagramas neuromusculares de B. R. Faucet (©1961, Los Angeles College of Chiropractic) con los cuales el chico se había fabricado aquel diagrama de cartón de cuatro lados que dejaba allí de pie, como si le protegiera la cama sin almohada mientras dormía.

La creencia del padre en que la ACTITUD era el principal factor determinante de la ALTURA había permanecido incólume desde su adolescencia, un periodo incómodo duranteel cual había descubierto las obras de Dale Carnegie y de la Fundación de Willard y Marguerite Beecher, y había utilizado aquellas filosofías prácticas para reafirmar su propia confianza en sí mismo y para mejorar su estatus social; además de todas las conversaciones interpersonales e incidentes que servían como pruebas del mismo, aquel estatus era registrado semanalmente, y los diagramas y gráficas resultantes se exponían para ser usados como referencias en el interior de la puerta del armario de su dormitorio. Incluso cuando ya era un adulto provisional y secretamente atormentado, el padre seguía trabajando incansablemente para mantener y mejorar su actitud y de esa manera influir sobre su propia altura en materia de logros personales. En el espejo del botiquín del cuarto de baño de la casa, por ejemplo, allí donde no pudiera evitar releer e interiorizarlas mientras atendía a su higiene personal, había pegadas con cinta adhesiva máximas inspiradoras del tipo:

«NO HAY PÁJARO QUE VUELE DEMASIADO ALTO SI VUELA CON SUS PROPIAS ALAS» (BLAKE).

«SI  RENUNCIAMOS  A  NUESTRA  INICIATIVA,  NOS  VOLVEMOS  PASIVOS;  VÍCTIMAS  RECEPTIVAS  DE  LAS  CIRCUNSTANCIAS  QUE  NOS  VENGAN»

(FUNDACIÓN BEECHER).

«¡ATRÉVETE A CONSEGUIR COSAS!» (NAPOLEON HILL).

«EL COBARDE HUYE HASTA CUANDO NADIE LO PERSIGUE» (LA BIBLIA).

«SEA LO QUE SEA QUE PUEDES HACER O SOÑAR, YA PUEDES EMPEZAR. EL ATREVIMIENTO ESTÁ PROVISTO DE GENIALIDAD, PODER Y MAGIA.

¡NO ESPERES PARA EMPEZAR!» (GOETHE).

Y más por el estilo: docenas o a veces incluso veintenas de citas y recordatorios inspiradores, meticulosamente impresos con mayúsculas en unas tiras pequeñitas de papel, como las de las galletas chinas de la fortuna, que luego pegaba con cinta adhesiva al espejo, a modo de recordatorios escritos de la responsabilidad personal que tenía el padre de echar a volar sin miedos, y a veces había tantos papelitos y cinta adhesiva que solamente quedaban unas cuantas franjas de espejo por encima del lavabo del cuarto de baño, y el padre tenía que contorsionarse si quería ver lo bastante como para afeitarse.

Cuando el padre del chico pensaba en sí mismo, por otro lado, la primera palabra que le venía espontáneamente a la cabeza era siempre «atormentado». Gran parte de sus tormentos secretos —cuyas causas él percibía como imposiblemente complejas y proteicas y relacionadas por un lado con las pulsiones sexuales masculinas normales y por otro con una debilidad personal y una falta de agallas intensamente anormales— tenían en realidad un diagnóstico muy simple. Casado a los veinte años con una mujer de la que solamente había conocido un rasgo sobresaliente, aquel futuro padre se había encontrado casi de inmediato con que las rutinas conyugales le resultaban tediosas y agobiantes; y la sensación de monotonía y de obligación sexual (por oposición a los logros sexuales) le habían provocado un sufrimiento que le parecía casi equivalente a morirse. Ya de recién casado había empezado a sufrir terrores nocturnos y a despertarse con pesadillas en las que sufría un encierro terrible y se sentía incapaz de moverse o de respirar. No hacía falta ser una especie de Einstein psiquiátrico para interpretar aquellos sueños, el padre lo sabía, de manera que, después de casi un año de pugnas consigo mismo y de compleja introspección, se había rendido y había empezado a ver a otra mujer, sexualmente. Aquella mujer, a quien el padre había conocido en un seminario motivacional, también estaba casada, y también tenía una criatura pequeña, y los dos habían acordado que aquello le ponía a su aventura ciertos límites y restricciones de sensatez.

Al cabo de un breve periodo, sin embargo, el padre también había empezado a encontrar a aquella otra mujer bastante tediosa y opresiva. El hecho de que vivieran vidas separadas y tuvieran poco de que hablar hizo que el sexo empezara a parecer una obligación. La situación ponía demasiado peso en el sexo físico, o eso parecía, y lo estropeaba. El padre intentó enfriar un poco las cosas y ver menos a la mujer, y el resultado fue que ella también empezó a parecer menos interesada y menos accesible que antes. Y fue entonces cuando empezó el tormento. El padre empezó a tener miedo de que la mujer fuera a terminar su aventura con él, ya fuera para reanudar el sexo monógamo con su marido o bien para irse con otro hombre. Aquel miedo, que era un tormento completamente secreto e interior, le hizo volver a perseguir a la mujer al mismo tiempo que empezaba a despreciarla cada vez más. El padre, en pocas palabras, ansiaba distanciarse de la mujer pero no quería que la mujer se distanciara de él. Empezó a sentirse aturdido y hasta a sufrir náuseas cuando estaba con la otra mujer, pero cuando estaba lejos de ella lo atormentaba la idea de que estuviera con otro. Parecía una situación imposible, y los sueños de contorsión y asfixia regresaban cada vez más a menudo. El único remedio posible que podía ver el padre (cuyo hijo acababa de cumplir cuatro años) no era distanciarse de la mujer con la que estaba teniendo una aventura, sino seguir cumpliendo diligentemente con dicha aventura y además encontrar a una tercera mujer y empezar a verla también, en secreto y por así decirlo «como extra», a fin de sentir —aunque fuera muy brevemente— el alivio y la excitación de un apego elegido libremente.

Así empezó el verdadero ciclo de tormentos del padre, en el cual el número de mujeres con las que estaba secretamente liado y con quienes tenía obligaciones sexuales no paraba de expandirse, y en el cual no había ni una sola de aquellas mujeres a la que pudiera dejar ir ni darle causa para que se distanciara y rompiera, por mucho que ninguna de ellas fuera ya otra cosa que una simple fuente de una especie de trabajoso enquistamiento de energía y de tiempo y de la simple voluntad de continuar bregando en plena desesperación.

La espalda media y alta del chico fueron las primeras zonas de inasequibilidad radical y tal vez incluso total para sus labios, y los desafíos que presentaron a su flexibilidad y su disciplina ocuparon un amplio porcentaje de su vida interior en cuarto y quinto curso. Y más allá, claro, como las cascadas que hay al final de un largo río, se encontraba la perspectiva inimaginable de alcanzarse el pescuezo, los ocho centímetros que había justo debajo del punto mentoniano de la barbilla, las gáleas de la parte de atrás de su cuero cabelludo y coronilla, la frente y el arco cigomático, las orejas, la nariz y los ojos, así como el ding an sich paradójico de los labios mismos, acceder a los cuales parecía ser como pedirle a una cuchilla que se cortara a sí misma. Aquellos lugares ocupaban una posición casi mítica dentro del proyecto global: el chico los reverenciaba hasta el punto de colocarlos casi más allá del espectro de sus intenciones conscientes. Aquel chico no era por naturaleza un «angustias» (a diferencia de sí mismo, pensaba su padre), pero la inaccesibilidad de aquellos últimos lugares le parecía tan inmensa que le dio la impresión de que la sombra que proyectaban oscurecía los lentos progresos, hacia la clavícula por delante y hacia la curvatura lumbar por detrás, que ocuparon su undécimo año, hasta el punto de empañar todo el esfuerzo, una sombra tenebrosa que el chico decidió considerar que le prestaba a la empresa una dignidad sombría en lugar de futilidad o patetismo.

Todavía no sabía cómo, pero a medida que se acercaba a la pubertad se fue convenciendo de que conquistaría su cabeza. De que encontraría una manera de acceder a la totalidad de sí mismo. No poseía nada ni remotamente parecido a la duda en su interior.


El alma no es una forja (fragmento)

Por lo que a mí respectaba, yo empecé a tener pesadillas sobre la realidad de la vida adulta tal vez ya a los siete años. Ya por en­tonces sabía que los sueños tenían que ver con la vida y el tra­bajo de mi padre y con el aspecto que tenía cuando volvía a casa del trabajo al final de la jornada. Siempre llegaba entre las 5.42 y las 5.45 y normalmente yo era el primero en verlo entrar por la puerta delantera. Lo que ocurría seguía una rutina casi coreo­gráfica. Entraba ya girándose a fin de empujar la puerta para ce­rrarla detrás de sí. Se quitaba el sombrero y el abrigo y colgaba la chaqueta en el armario del vestíbulo. Se aflojaba la corbata enganchándola con dos dedos, le quitaba la goma elástica verde al Dispatch, entraba en la sala de estar, saludaba a mi hermano y se sentaba con el periódico a esperar a que mi madre le trajera un combinado. Las pesadillas siempre empezaban con una panorá­mica de una serie de hombres sentados frente a escritorios en hileras dentro de un pasillo o una sala enorme y muy luminosa. Los escritorios estaban meticulosamente organizados en hileras y columnas igual que los pupitres de un aula de la escuela R. B. Hayes, pero aquellos escritorios se parecían más a las mesas grandes de metal gris que los profesores tenían al frente de las aulas, y había muchas, muchas más, tal vez cien o más, todas ocu­padas por hombres con traje y corbata. Si había ventanas, no re­cuerdo haberlas visto. Algunos hombres eran mayores que otros, pero aun así eran obviamente adultos: gente que iba en coche, que solicitaba cobertura sanitaria y que bebía combinados mien­tras leía el periódico antes de la cena. La sala de la pesadilla era por lo menos del tamaño de un campo de fútbol o de flag football; en ella reinaba un silencio total y tenía un reloj de gran tamaño en cada pared. También era muy luminosa. En el vestí­bulo, cuando se giraba después de cerrar la puerta mientras le­vantaba la mano izquierda para quitarse el sombrero, la mirada de mi padre parecía apagada y muerta, vacía de todo lo que aso­ciábamos con su verdadera personalidad. Era un hombre ama­ble, decente y de aspecto ordinario. Tenía una voz grave pero no retumbante. Hablaba en tono suave y tenía un sentido del humor que evitaba que su introversión natural pareciera remo­ta o arrogante. Incluso cuando mi hermano y yo éramos pe­queños, nos dábamos cuenta de que pasaba más tiempo con no­sotros y se molestaba en mostrarnos que éramos importan­tes para él en mucha mayor medida que la mayoría de los padres de aquella época. (Pasaron muchos años antes de que yo tuvie­ra ninguna idea de qué sentimientos tenía mi madre hacia él.) El vestíbulo daba directamente a la sala de estar, donde estaba el piano, y en aquella época yo a menudo leía o jugaba con mis camiones de juguete allí donde no llegaban las patadas debajo del piano mientras mi hermano ensayaba sus piezas de Hanon, y a menudo yo era el primero en reconocer el sonido de la llave de mi padre en la puerta delantera. Tan solo me hacían falta cua­tro pasos y un breve deslizamiento sobre mis calcetines para ser capaz de verlo antes que nadie cuando entraba en medio de una ráfaga de aire de fuera. Recuerdo que el vestíbulo era oscuro y frío y que olía al armario de las chaquetas, la mayor parte del cual estaba lleno de las distintas chaquetas y guantes a juego de mi madre. La puerta delantera era pesada y costaba abrirla y ce­rrarla, como si el vestíbulo estuviera de alguna forma presurizado. La puerta tenía una ventanita pequeña y en forma de rom­bo en el centro, aunque nos íbamos a mudar a otra casa antes de que yo fuera lo bastante alto como para ver por ella. A veces él tenía que empujar con el costado para que se cerrara del todo, y yo no le veía la cara hasta que se volvía para quitarse el som­brero y la chaqueta, pero recuerdo que el ángulo de sus hom­bros cuando se inclinaba para apoyarse en la puerta tenía la mis­ma cualidad que sus ojos. Ahora no puedo transmitir esta cua­lidad y no cabe duda de que entonces tampoco habría podido, pero sí que sé que ayudó a dar forma a las pesadillas. Su cara no era así para nada en los fines de semana en que no trabajaba. Es al mirar hacia atrás cuando creo que los sueños eran sobre la vida adulta. Por entonces, yo solamente conocía su terror: gran parte de la dificultad de la que mis padres se quejaban cuando tenían que acostarme para dormir por las noches derivaba de aquellos sueños. Y tampoco es posible que siempre estuviera anocheciendo a las 5.42, pero así es como yo lo recuerdo, y la ráfaga de aire que entraba de fuera con él estaba fría y olía a ho­jas quemadas y a esa forma triste en que olía la calle al atardecer, cuando todas las casas se volvían del mismo color y todas las lu­ces de los porches se encendían como baluartes contra algo sin nombre. Cuando le daba la espalda a la puerta, sus ojos no me asustaban, pero la sensación estaba de alguna forma relacionada con tener miedo. A menudo yo tenía un camión en la mano. El dejaba el sombrero en el perchero, se quitaba la chaqueta con un movimiento del hombro, se la doblaba sobre el brazo iz­quierdo, abría el armario con la mano derecha y se transfería la chaqueta a esa mano mientras sacaba la tercera percha de ma­dera empezando por la izquierda con la mano siniestra. Había algo en su rutina que proyectaba sombras en partes profundas de mi ser a las que yo no podía acceder por mí mismo. Yo sabía algo del aburrimiento por entonces, cómo no, en la escuela Ha-yes y en la iglesia de Riverside, o durante los domingos por la tarde cuando no había nada que hacer: ese tipo inquieto de abu­rrimiento infantil que se parece más a la preocupación que a la desesperación. Pero no creo que yo relacionara de forma cons­ciente el aspecto que mi padre tenía por las noches con el abu­rrimiento muy diferente, más profundo y de nivel espiritual de su trabajo, que yo sabía que era de contable porque en segun­do curso todo el mundo en la clase de la señora Claymore ha­bía tenido que hacer una breve presentación sobre cuál era la profesión de nuestro padre. Yo sabía que los seguros eran una protección que los adultos pedían en caso de riesgos, y sabía que había números en todo aquello debido a los documentos que ha­bía a la vista en su maletín cuando yo tenía la oportunidad de desbloquear los cierres del mismo y abrirlo para él, y mi madre nos había señalado a mi hermano y a mí desde el coche el edi­ficio que albergaba la sede de la compañía de seguros y la ven­tanilla diminuta de mi padre en la fachada, pero los detalles con­cretos de su trabajo siempre eran difusos. Y así permanecieron durante muchos años. Mirando hacia atrás, sospecho que mi falta de curiosidad por lo que hacía mi padre todo el día tenía cierta cualidad de cubrirse los ojos y taparse las orejas. Me acuerdo de ciertos retablos narrativos bastante emocionantes ba­sados en las connotaciones competitivas y casi primitivas de la expresión «ganarse el pan», que había sido la expresión con que la señora Claymore englobaba las ocupaciones de nuestros pa­dres. Pero no creo que supiera o que pudiera imaginar, de niño, que durante casi treinta años de cincuenta y una semanas al año mi padre se pasara el día sentado a una mesa de metal en una sala silenciosa e iluminada con bombillas fluorescentes, leyendo im­presos y haciendo cálculos y rellenando más impresos sobre los resultados de esos cálculos, haciendo únicamente pausas oca­sionales para contestar el teléfono o para reunirse con otros contables en otras salas muy iluminadas y silenciosas. Con tan solo una ventana pequeña y sin sol orientada al norte y que daba a otras ventanas pequeñas de oficinas en otros edificios grises. Las pesadillas eran nítidas e impactantes, pero no eran de esas en que te despiertas llorando y luego tienes que intentar ex­plicarle a tu madre cuando esta llega de qué trataba el sueño para que ella te pueda tranquilizar diciendo que en el mundo real no existe nada como lo que tú has soñado. Yo sabía que a él le gustaba escuchar música o un programa animado de radio sintonizado y audible todo el tiempo en casa, o bien oír a mi hermano ensayar al piano mientras leía el Dispatch antes de la cena, pero estoy seguro de que por entonces yo no lo relacio­naba con el silencio en que trabajaba todo el día. Yo no sabía que el hecho de que mi madre le hiciera el almuerzo era una de las piedras angulares de su contrato matrimonial, o que cuando hacía buen tiempo él bajaba con su almuerzo en el ascensor y se lo comía sentado en un banco de piedra sin respaldo que daba a un pequeño parterre de césped con dos árboles y una escultura pública abstracta, y que muchas mañanas se guiaba por aquella media hora fuera del edificio igual que los marineros que no pueden ver tierra usan las estrellas para orientarse. Mi padre murió de un infarto cuando yo tenía dieciséis años, y puedo de­cir, a pesar del shock evidente y del sentimiento de pérdida, que su defunción fue menos difícil de soportar que muchas de las cosas que descubrí sobre su vida después de que muriera. Por ejemplo, era muy importante para mi madre que el sitio donde mi padre fuera enterrado estuviera en algún lugar donde al me­nos hubiera unos cuantos árboles a la vista. Y dada la logística del cementerio y los detalles del contrato mortuorio que él ha­bía preparado para ambos, aquello causó muchos problemas y gastos en un momento difícil, algo a lo que ni mi hermano ni yo le vimos el sentido hasta que años después descubrimos la verdad sobre sus jornadas de trabajo y sobre el banco donde le gustaba comerse su almuerzo. Por sugerencia de Miranda, me propuse, una primavera, visitar el lugar donde había estado su pequeño parterre de césped y árboles. La zona había sido trans­formada en uno de esos pequeños y mayormente no utilizados pequeños parques del centro de la ciudad que eran caracterís­ticos de los programas de renovación del New Columbus de principios de los ochenta, en los que ya no había hierba ni ha­yas sino una zona de juegos infantiles pequeña y moderna, con virutas de madera en lugar de arena y una estructura para trepar hecha en su totalidad de neumáticos reciclados. También había un columpio, cuyos dos asientos vacíos se estuvieron moviendo hacia atrás y hacia delante a velocidades distintas debido al vien­to durante todo el tiempo que pasé allí sentado. Durante una época en mis años de juventud, tuve períodos en que me ima­ginaba a mi padre sentado en el banco año tras año, masticando, y mirando aquel cuadrado artificial de color verde, sabiendo cuánto tiempo le quedaba para almorzar sin necesidad de sacar el reloj. Más triste todavía era tratar de imaginar lo que pensaba mientras estaba allí sentado, imaginarlo tal vez pensando en no­sotros, en nuestras caras cuando llegaba a casa o en nuestro olor por las noches después de bañarnos cuando entraba para darnos un beso en la coronilla… pero la verdad es que no tengo ni idea de en qué pensaba, de cuál podía haber sido su vida interior. Y que aunque estuviera vivo yo seguiría sin saberlo. O intentar (lo cual es según Miranda lo más triste de todo) imaginar qué palabras habría elegido para describirle a mi madre su trabajo y la plaza y los dos árboles. Yo conocía a mi padre lo bastante bien como para saber que no podría haber hablado directamente de ello: estoy seguro de que jamás estuvo sentado o acostado a su lado y le habló sin más del almuerzo o del banco y de los dos ár­boles enfermizos que en otoño atraían bandadas de estorninos migratorios, que aparecían en masse más como abejas que como pájaros cuando se reunían y abarrotaban las ramas de los olmos o de los castaños de Indias y llenaban la mente de ruido antes de elevarse nuevamente en una masa enorme para extenderse y contraerse como una gran mano en flexión sobre el fondo del cielo del centro de la ciudad. Intentaba así pues imaginar comen­tarios y actitudes y pequeñas medio anécdotas que con el tiem­po le transmitieron a mi madre lo bastante como para que ella removiera cielo y tierra para que trasladaran la tumba de mi pa­dre a las mejores zonas más cercanas a la entrada principal y a su pequeña arboleda de pinos del Himalaya. No era una pesadilla propiamente dicha, pero tampoco era una ensoñación o una fantasía. Me venía cuando ya llevaba un rato en la cama y esta­ba empezando a quedarme dormido pero no acababa de dor­mirme: esa parte de la suave inmersión en el sueño en que cua­lesquiera líneas de pensamiento que uno haya estado siguiendo empiezan a adquirir toques surrealistas y luego en algún mo­mento los pensamientos en si son reemplazados por imágenes y escenas y visiones concretas. Uno se desplaza gradualmente del mero hecho de pensar en algo a experimentarlo como si estu­viera allí, en su decurso, una historia o un mundo del que uno es parte, aunque al mismo tiempo uno permanece lo bastante des­pierto como para ser capaz de discernir a algún nivel que lo que uno está experimentando no acaba de tener sentido, que uno se encuentra en alguna clase de cúspide o frontera del acto de so­ñar. Incluso ahora, de adulto, sigo siendo capaz de reconocer de forma consciente que me estoy quedando dormido cuando mis pensamientos abstractos se convierten en imágenes y pequeñas películas, cuya lógica y cuyas asociaciones son siempre ligera­mente erróneas: y sin embargo siempre soy consciente de esto, de la falta de lógica y de mis reacciones a la misma. El sueño mostraba una sala grande llena de hombres con traje y corbata sentados en hileras de mesas grises y grandes, inclinados hacia delante sobre los papeles que tenían en las mesas, inmóviles, si­lenciosos, en una sala o pasillo monocromo bajo largas hileras de fluorescentes de alta luminosidad, las caras de los hombres estaban hinchadas y entretejidas con tensión adulta y fatiga y pa­recían colgar un tanto flácidas, de esa forma en que a uno se le pone la cara flácida cuando parece estar mirando algo sin verlo en realidad. Reconozco que nunca podría transmitir qué había que fuera tan atroz en aquel retablo de una sala luminosa y completamente silenciosa llena de hombres inmersos en su tra­bajo rutinario. Era la clase de pesadilla cuyo terror tiene menos que ver con lo que uno está viendo que con la sensación que a uno le produce en el abdomen lo que ve. Algunos de los hom­bres llevaban gafas. Había unos pocos bigotes pequeños y pul­cramente recortados. Algunos tenían el pelo gris o les clareaba o bien mostraban esas ojeras completamente texturizadas bajo los ojos que tanto nuestro padre como el tío Gerald tenían. Al­gunos de los hombres más jóvenes llevaban solapas anchas. La mayoría no. Parte del terror de la perspectiva en gran angular del sueño era que los hombres de la sala aparecían al mismo tiempo como individuos y como una gran masa anónima. Había por lo menos veinte o treinta hileras de una docena de mesas cada una, cada una con un secante y una lamparilla y carpetas llenas de papeles y con un hombre sentado en una silla de res­paldo rígido detrás de la mesa, cada hombre con un estilo o un dibujo ligeramente distinto en la corbata y con su propia forma ligeramente distintiva de sentarse y de colocar los brazos y de inclinar la cabeza, algunos de ellos manoseándose la mandíbula o la frente o el doblez de la corbata, o mordiéndose la piel muer­ta de alrededor de la uña del pulgar, o bien resiguiéndose el la­bio inferior con la goma de borrar del lápiz o con el capuchón metálico de la pluma. Se notaba que los estilos particulares de sentarse y los hábitos pequeños y distraídos que los individuali­zaban habían evolucionado durante años o incluso décadas de estar así sentados frente a su trabajo todos los días, moviéndose de forma intencionada solamente de vez en cuando para pasar una página grapada, o para pasar una página suelta del lado izquierdo de una carpeta al lado derecho, o bien para cerrar una carpeta y arrastrarla unos cuantos centímetros sobre la mesa y luego acercarse otra carpeta y abrirla, escrutando su interior como si ellos estuvieran a una altura terrible y los documentos estuvieran en el suelo muy por debajo. Si mi hermano soñaba, lo cierto es que nunca oímos nada al respecto. De alguna forma las expresiones de los hombres transmitían simultáneamente letargo y ansiedad, laxitud y nerviosismo: no era tanto que lu­charan contra el hecho de moverse inquietos sino que parecían haber renunciado hacía mucho tiempo a cualquier esperanza o expectación que les hiciera moverse inquietos. Los asientos de unas cuantas de las sillas tenían cojines de pana o de sarga, uno o dos de ellos de colores vivos y bordeados de flecos de tal ma­nera que se notaba que habían sido hechos a mano por un ser querido y ofrecidos a modo de regalo, tal vez para un cumple­años, y por alguna razón aquel detalle era el peor de todos. La sala luminosa del sueño era la muerte, yo podía sentirlo, pero no de ninguna forma que pudiera transmitirle o explicarle a mi madre cuando yo me ponía a gritar de miedo y ella venía co­rriendo. La idea de intentar hablarle alguna vez a mi padre del sueño era -incluso más tarde, después de que este desapareciera tan de repente como el problema con la lectura- impensable. La sensación de hablarle a él del tema habría sido como ir a nuestra tía Tina, una de las hermanas de mi madre (quien, en­tre las muchas cruces que llevaba en la vida, había nacido con el paladar hendido que las operaciones no habían conseguido co­rregir, además de tener también una enfermedad pulmonar congénita), y señalarle aquel paladar hendido que tenía y pre­guntarle cómo le hacía sentirse y cómo había afectado a su vida, y el mero hecho de imaginar la cara que habría puesto era im­pensable. La sensación global era que aquellas caras incoloras, de miradas vacías y afectadas por un sufrimiento que venía de largo eran la cara de una muerte que me esperaba mucho antes de que yo me marchara del mundo. Luego, cuando me queda­ba realmente dormido, aquello se convertía en un sueño de ver­dad, y yo perdía la perspectiva de alguien que meramente mira la escena y me sumergía del todo en ella: la lente de la perspec­tiva retrocedía de repente y resultaba que yo era uno de ellos, una parte de la masa de hombres de cara gris que se aguantaban la tos y se palpaban los dientes con la lengua y doblaban los bor­des de los papeles formando complejos dobleces de acordeón y luego los volvían a alisar con cuidado antes de colocarlos de nue­vo en sus carpetas correspondientes. Y la perspectiva del sueño se iba acercando más y más hasta que era principalmente yo el que estaba en la escena, en primer plano, enmarcado por un pu­ñado de caras y mitades superiores del cuerpo de los hombres del resto de las mesas y por la parte de atrás de los marcos de un puñado de fotos y tal vez por una máquina de sumar o un telé­fono situados al borde de la mesa (yo era uno de los que tenían un cojín hecho a mano en la silla). Tal como lo recuerdo ahora, en el sueño no me parezco ni a mi padre ni a mí mismo. Tengo muy poco pelo, y el que tengo está peinado meticulosamente con fijador en los lados y llevo una barbita en punta o tal vez una perilla, y mi cara, que está inclinada hacia abajo mirando la mesa en gesto concentrado, parece que haya pasado los últimos veinte años presionando con fuerza contra algo que no cedía. Y en cier­to momento del intervalo, en el proceso de quitar un clip suje­tapapeles o de abrir un cajón de la mesa (no había sonido), yo levantaba la vista y miraba a la lente de la perspectiva del sueño y me miraba a mí mismo, pero sin ninguna señal de reconoci­miento en la cara, ni de felicidad ni de miedo ni de desespera­ción ni de llamamiento: los ojos eran opacos y estaban vacíos, y solamente eran los míos de esa forma en que una foto muy an­tigua de ti sacada de un álbum de la infancia en algún lugar del que no te acuerdas es a pesar de todo tú. Y en el sueño, cuando nuestros ojos se encontraban, era imposible saber lo que el yo adulto estaba viendo o cómo estaba yo reaccionando o si había algo en absoluto allí dentro.


Signifying Nothing

Here is a weird one for you. It was a couple of years ago, and I was 19, and getting ready to move out of my folks’ house, and get out on my own, and one day as I was getting ready, I suddenly get this memory of my father waggling his dick in my face one time when I was a little kid. The memory comes up out of nowhere, but it is so detailed and solid-seeming, I know it is totally true. I suddenly know it really happened, and was not a dream, even though it had the same kind of bizarre weirdness to it dreams have. Here is the sudden memory. I was around 8 or 9, and I was down in the rec room by myself, after school, watching TV. My father came down and came into the rec room, and was standing in front of me, like between me and the TV, not saying anything, and I didn’t say anything. And, without saying anything, he took his dick out, and started kind of waggling it in my face. I remember nobody else was home. I think it was winter, because I remember it was cold down in the rec room, and I had Mom’s TV afghan wrapped around me. Part of the total weirdness of the incident of my father waggling his dick at me down there was that, the whole time, he did not say anything (I would have remembered it if he said anything), and there was nothing in the memory about what his face looked like, like what his expression looked like. I do not remember if he even looked at me. All I remember was the dick. The dick, like, claimed all of my attention. He was just sort of waggling it in my face, without saying anything or making any type of comment, shaking it kind of like you do in the can, like when you are shaking off, but, also, there was something threatening and a little bully-seeming about the way he did it, I remember, too, like the dick was a fist he was putting in my face and daring me to say anything, and I remember I was wrapped up in the afghan, and could not get up or move out of the way of the dick, and all I remembered doing was sort of moving my head all over the place, trying to get it out of my face (the dick). It was one of those totally bizarre incidents which are so weird, it seems like it is not happening even while it is happening. The only time I even had glimpsed my father’s dick before was in locker rooms. I remember my head kind of moving around all over the place, on my neck, and the dick kind of following me all over the place, and having totally bizarre thoughts going through my head while he did it, like, ‘I am moving my head just like a snake,’ etc. He did not have a boner. I remember the dick was a little bit darker than the rest of him, and big, with a big ugly vein down one side of it. The little hole-thing at the end looked slitty and pissed off, and it opened and closed a little as my father waggled the dick, keeping the dick threateningly in my face no matter where I moved my head around to. That is the memory. After I had it (the memory), I went around my folks’ house in a haze, in, like, a daze, totally freaked out, not telling anybody about it, and not asking anything. I know that was the only time my father ever did anything like that. This was when I was packing, and going around to stores getting old boxes to move with. Sometimes, I walked around my folks’ house in shock, feeling totally weird. I kept thinking about the sudden memory. I went into my folks’ room, and down to the rec room. The rec room had a new entertainment system, instead of the old TV, but my Mom’s TV afghan was still there, spread over the back of the couch when not in use. It was still the same afghan as in the memory. I kept trying to think about why my father would do something like that, and what he could have been thinking of, like, what it could have meant, and trying to remember if there had been any kind of look or emotion, during it, on his face.


      Now it gets even weirder, because I finally, the day my father took a half day off, and we went down and rented a van for me to pack and move out with, I, finally, in the van, on the way home from the rental place, brought it up, and asked him about the memory. I asked him about it straight up. It is not like there is a way to gradually lead up to something like that. My father had put the rental of the van on his card, and he was the one driving it home. I remember the radio in the van did not work. In the van, out of (from his perspective) nowhere, I suddenly tell my father I just had recently remembered the day he came down and waggled his dick in my face when I was a little kid, and I sort of briefly described what I had remembered, and asked him, ‘What the fuck was up with that?’ When he kept merely driving the van, and did not say or do anything to respond, I persisted, and brought the incident up again, and asked him the same question all over again. (I pretended like maybe he did not hear what I said the first time.) And then what my father does—we are in the van, on a brief straight away on the route home to my folks’ house, so I can get ready to move out on my own—he, without moving his hands on the wheel or moving one muscle except for his neck, turns his head to look at me, and gives me this look. It is not a pissed off look, or a confused one like he believes he did not quite hear. And it is not like he says, ‘What the hell is the matter with you,’ or ‘Get the fuck outta here,’ or any of the usual things he says where you can tell he is pissed off. He does not say one thing, however, this look he gives me says it all, like he can not believe he just heard this shit come out of my mouth, like he is in total disbelief, and total disgust, like not only did he never in his life waggle his dick at me for no reason when I was a little kid but just the fact that I could even fucking imagine that he ever waggled his dick at me, and then like, believe it, and then come into his own presence in this rental van and, like, accuse him. Etc., etc. The look he reacted and gave me in the van while he drove, after I brought up the memory and asked him straight up about it—this is what sent me totally over the edge, where my father was concerned. The look he turned and slowly gave me said he was embarrassed for me, and embarrassed for himself for even being related to me. Imagine if you were at a large, fancy, and coat-and-tie dinner or track banquet with your father, and if, like, you all of a sudden got up on the banquet table and bent down and took a shit right there on the table, in front of everybody at the dinner—this would be the look your father would be giving you as you did it (took a shit). Roughly, it was then, in the van, that I felt like I could have killed him. For a second, I felt like I wished the van would open up and swallow me whole, I was so embarrassed. But, just split seconds later, what I felt was I was so totally pissed off I could have killed him. It was weird—the memory in itself did not, at the time, get me pissed off, but only freaked out, like in a shocked daze. But, in the rented van that day, the way my father did not even say anything, but merely drove home to the house in silence, with both hands on the wheel, and that look on his face about me asking about it—now I was totally pissed off. I always thought that thing you hear about seeing ‘red’ if you get mad enough was a figure of speech, but it is real. After I packed up all my shit in the van, I moved away, and did not get in contact with my folks for over a year. Not a word. My apartment, in the same town, was maybe only two miles away, but I did not even tell them my phone number. I pretended they did not exist. I was so disgusted and pissed off. My Mom had no clue why I was not in contact, but I sure was not going to mention a word to her about any of it, and I knew, for fucking-‘A’ sure, my father was not going to say anything to her about it. Everything I saw stayed slightly red for months, after I moved out and broke off contact, or at least a pink tinge. I did not think of the memory of my father waggling his dick at me as a little kid very often, but barely a day went by that I did not remember that look in the van he gave me when I brought it up again. I wanted to kill him. For months, I thought about going home when nobody was there and kicking his ass. My sisters had no clue why I was not in contact with my folks, and said I must have gone crazy, and was breaking my Mom’s heart, and when I called them they gave me shit about breaking off contact without explanation constantly, but I was so pissed off, I knew I was going to go to my grave never saying another fucking word about it. It was not that I was chicken to say anything about it, but I was so fucking over the edge about it, it felt like, if I ever mentioned it again, and got any kind of look from somebody, something terrible would happen. Almost every day, I imagined that, as I went home and was kicking his ass, my father would keep asking me why I was doing it, and what it meant, but I would not say anything, nor would my face have any look or emotion on it as I beat the shit out of him.

      Then, as time passed, I, little by little, got over the whole thing. I still knew that the memory of my father waggling his dick at me in the rec room was real, but, little by little, I started to realize, just because I remembered the incident, that did not mean, necessarily, my father did. I started to see that maybe he had forgotten the whole incident. It was possible that the whole incident was so weird and unexplained, that my father, psychologically, blocked it out of his memory, and that when I, out of (from his point of view) nowhere, brought it up to him in the van, he did not remember ever doing something as bizarre and unexplained as coming down and threateningly waggling his dick at a little kid, and thought I had lost my fucking mind, and gave me a look that said he was totally disgusted. It is not like I totally believed my father had no memory of it, but more like I was admitting, little by little, it was possible he blocked it out. Little by little, it seemed like the moral of a memory of any incident that weird is, anything is possible. After the year, I got to this position in my attitude where I figured that, if my father was willing to forget about the whole thing of me bringing up the memory of the incident in the van, and to never bring it up, then I was willing to forget the whole thing. I knew that I, for fucking-‘A’ goddamn sure, would never bring any of it up again. When I arrived at this attitude about the whole thing, it was around early July, right before the 4th Of July, which is also my littlest sister’s birthday, and so, out of (to them) nowhere, I call my folks’ house, and ask if I can come along for my sister’s birthday, and meet them at the special restaurant they traditionally take my sister to on her birthday, because she loves it so much (the restaurant). This restaurant, which is in our town’s down town, is Italian, kind of expensive, and has mostly dark, wooden decor, and has menus in Italian. (Our family is not Italian.) It was ironic that it was at this restaurant, on a birthday, that I would be getting back in contact with my folks, because, when I was a little kid, our family tradition was that this was ‘my’ special restaurant, where I always got to go for my birthday. I somewhere, as a kid, got the idea that it was run by The Mob, in which I had a total fascination, as a little kid, and always bugged my folks until they took me on at least my birthday—until, little by little, as I grew up, I outgrew it, and then, somehow, it passed into being my littlest sister’s special restaurant, like she had inherited it. It has black and red checkered table cloths, and all the waiters look like enforcers for The Mob, and, on the restaurant’s tables, there are always empty wine bottles with candles stuck in the hole, which have melted, and several colors of wax run and harden up all over the sides of the bottle in lines and varied patterns. As a little kid, I remembered having a weird fascination in the wine bottles with all the dried wax running all over them, and of having to be asked, over and over, by my father, not to keep picking the wax off. When I arrived at the restaurant, in a coat and tie, they were all already there, at a table. I remember my Mom looked totally enthusiastic and pleased just to see me, and I could tell she was willing to forget the whole year of me not contacting them; she was just so pleased to feel like a family again.


     My father said, ‘You’re late.’ His face had zero expression either way. My Mom said, ‘I’m afraid we already ordered, is that OK.’

      My father said they had ordered for me already, being as I was a little late getting there.

     I sat down, and smilingly asked what they ordered me.

      My father said, ‘A chicken presto dish thing your mother ordered for you.’

      I said, ‘But I hate chicken. I always hated it. How could you forget I hate chicken?’


      We all looked at each other for a second, around the table, even my littlest sister, and her boyfriend with the hair. There was one long split second of all looking at each other. This was when the waiter was bringing everybody’s chicken. Then my father smiled, and drew one of his fists back jokingly, and said, ‘Get the fuck outta here.’ Then my Mom put her hand up against her upper chest, like she does when she is afraid she’s going to laugh too hard, and laughed. The waiter put my plate in front of me, and I pretended to look down and make a face, and we all laughed. It was good.